
Anton van den Wyngaerde, conocido en España como Antonio de las Viñas o Antón de Bruselas, nació en Amberes hacia 1525 y falleció en Madrid en 1571. Pintor y dibujante flamenco de extraordinario talento, recorrió buena parte de Europa dibujando ciudades y paisajes urbanos. Su obra española, encargada por Felipe II, incluye 62 vistas de ciudades y villas, realizadas con una precisión y detalle que hoy nos permiten asomarnos al siglo XVI como si pudiéramos recorrer sus calles. A pesar de su importancia, Wyngaerde cayó en el olvido hasta finales del siglo XIX, cuando estudiosos como Carl Justi comenzaron a divulgar sus dibujos, entre ellos la célebre vista de Madrid.
La Vista de Madrid que realizó en 1562 se sitúa en un momento clave: apenas un año después de que Felipe II estableciera la corte de manera permanente en la villa. Esta perspectiva no solo muestra la ciudad tal como era, sino también su transformación incipiente en capital del imperio hispánico. Dibujada probablemente desde algún cerro de la Casa de Campo, la vista ofrece un panorama amplio y detallado: en primer término, el río Manzanares; al fondo, la villa protegida por sus murallas; y entre ambos, calles, iglesias y edificios civiles que conformaban el entramado urbano de la época. El Real Alcázar, residencia de la monarquía, destaca como un hito central dentro de esta composición, simbolizando la presencia del poder real en la recién estrenada capital.
Lo que distingue a Wyngaerde no es solo su capacidad de observación, sino la manera en que combinaba rigor topográfico y sensibilidad artística. Sus dibujos no eran meros mapas, sino documentos visuales que captaban la relación entre la ciudad y su entorno natural, el relieve del terreno y la disposición de los edificios más importantes. La técnica de pluma y tinta, acompañada de aguadas de color, le permitía transmitir tanto la forma como la textura, creando una obra de gran valor estético y documental.
La Vista de Madrid es también un testimonio de la arquitectura y urbanismo de la villa antes de los grandes cambios que vendrían en siglos posteriores. La muralla medieval, las puertas de acceso y la distribución irregular de las calles aparecen con claridad, ofreciendo información valiosa para historiadores del urbanismo y del arte. Aunque los palacios reales y muchas construcciones de la época desaparecieron en incendios posteriores —en El Pardo, El Escorial y el Alcázar de Madrid—, los dibujos de Wyngaerde han sobrevivido, preservando un registro único de la ciudad del siglo XVI.
Curiosamente, ninguna de estas vistas se conserva en España; los originales se encuentran en la Biblioteca Nacional de Viena. Aun así, las reproducciones y los estudios modernos han permitido difundirlas ampliamente, mostrando la mirada precisa de un artista que supo combinar la observación científica con la sensibilidad pictórica. Su legado no solo nos permite contemplar el Madrid de Felipe II, sino también entender cómo la monarquía quería proyectar su poder y prestigio a través de la imagen de sus ciudades.
La Vista de Madrid de 1562 sigue siendo hoy una referencia imprescindible para quienes desean conocer los orígenes visuales de la capital española. Más allá de su valor histórico, la obra de Wyngaerde nos recuerda la capacidad del dibujo como testimonio, documentación y, al mismo tiempo, creación artística. Es un puente entre el pasado y el presente, una ventana que nos permite caminar por las calles de un Madrid que aún estaba naciendo como centro político y cultural del reino.
ANÁLISIS EN DETALLE
Las vistas urbanas nos dan la imagen de Madrid al poco tiempo de haberse allí trasladado la corte de Felipe II; desgraciadamente, están tomadas casi desde el mismo sitio, cerca de la actual Pradera de San Isidro, y este punto de vista nos impide contemplar la mayor parte de la villa, tapada por las construcciones levantadas en el recinto medieval fortificado desde la época no muy lejana de su fundación. En 1558 la villa contaba con unos 20.000 moradores y la corte de 1571, 35.000; a la muerte de Felipe II, Madrid estaba habitado por unos 60.000 y sus edificios habían alcanzado el número de 8.000, casi triplicando los 3.000 con que contaba tres años antes de convertirse en la corte de la monarquía española. En la década de los años sesenta, por lo tanto, Madrid estaba en un momento de pleno desarrollo, intentando convertirse en la nueva capital de los Austrias, necesitada de una imagen moderna e imponente que encarnara con una envoltura material las virtudes y excelencias de sus soberanos.
Comenzando por la parte inferior izquierda vemos el Palacio de los Vargas. Este fue edificado en 1519, pasando Carlos I algunas temporadas allí por invitación de los Vargas, aunque ya desde 1552, su hijo Felipe II comenzó un proceso de anexión territorial entorno al palacio que le otorgó unas mayores dimensiones.


Si subimos un poco la mirada vemos un pequeño valle al otro lado del más que visible río Manzanares que corresponde con el Barranco de San Vicente, actual Cuesta de San Vicente que salvaba el desnivel del río con el Alcázar. En la parte izquierda se localizaría la actual Montaña de Príncipe Pío, siendo esta una construcción relativamente moderna, por lo que solo nos permitimos observar el enorme desnivel. A la derecha del valle observamos una zona no muy detallada pero con una vegetación suficiente que nos hace pensar en la frondosidad que había en esa época y que corresponde actualmente al Campo del Moro, obviamente sin ornamentación alguna.

Justo encima, con un enorme desnivel se encuentra el Real Alcázar de los Austrias, posiblemente edificado sobre los cimientos de una construcción previa de origen árabe. Aquí lo observamos con su primera ampliación, encargada por Carlos I en 1537. La última y más frecuente imagen que tenemos de este Alcázar se debe a la ampliación llevada a cabo por Juan Gómez de Mora bajo encargo de Felipe IV. Desgraciadamente sufrió un incendio en la Nochebuena de 1734 en tiempos de Felipe V. El actual Palacio Real ocupa su lugar desde su construcción en 1764.
Siguiendo el Alcázar horizontalmente hacia la derecha podemos disfrutar del verdadero protagonista de esta obra, la muralla. Vemos perfectamente el recorrido del lienzo en su zona norte (a la izquierda del Alcázar), aunque desgraciadamente no sabemos cómo se resuelve en esa parte desde esta perspectiva. El lienzo del oeste presenta un gran desnivel entre torres, salvando muchos metros en algunas ocasiones, llegando hasta la Puerta de la Vega, que se observa con dificultad. Desde ahí vemos perfectamente cómo se derrumba el recorrido y vuelve a subir para girar en su zona sur (a la derecha). Este desplome se reconoce fácilmente como la actual calle Segovia, y que sería resuelto en el siglo XIX con la construcción del primer viaducto.

Seguimos los caminos torrenciales hacia el río para observar un pequeño puente, el llamado Real de la Segoviana, actual puente de Segovia, obra de los Reyes Católicos y reconstruido por Juan de Herrera en torno a 1570.

Observamos la zona superior derecha para ver el Convento de San Francisco, fundado según la leyenda en el siglo XIII. Este sería demolido en el siglo XVIII para construir la actual Basílica de San Francisco el Grande.

Desde aquí recorremos el interior de Madrid, desde San Francisco hasta el Alcázar, de derecha a izquierda. Primero vemos la Puerta de Moros, uno de los accesos de la muralla cristiana, en las proximidades de la Casa de San Isidro, en la actual la Latina. A continuación se observa perfectamente a San Andrés. Un poco más a la izquierda vemos la distinguible torre de San Pedro.

A la altura de la Puerta de la Vega pero muy al fondo se distingue el antiguo Hospital de Antón Martín, desgraciadamente desaparecido. También podemos observar a San Miguel al fondo.

Un poco más a la izquierda vemos la torre de San Salvador, muy conocida en la época, donde se realizaban los primeros ajuntamientos. Se encontraba en la cara norte de la Plaza de la Villa.

Finalmente a la izquierda vemos una torre muy grande que representa a San Nicolás y también San Miguel de la Sagra. Para terminar destaca el denominado Campo del Rey, con una gran zona despejada y con gran desnivel que vemos desde otra vista con perfección, en este caso de Jan Cornelisz Vermeyen realizada en 1630.

¿Te ha gustado el artículo?
Introduce tu correo electrónico para recibir semanalmente las novedades 😺

¿Quieres un ejemplar de mi libro Mayrit, una medina andalusí?
Escríbeme por WhatsApp al 654185527 o por email a gatopormadrid@gmail.com
Realiza una donación para apoyar el proyecto de Gato por Madrid
Elige una cantidad
O introduce una cantidad personalizada
Hola, me llamo Adrián. Soy el creador de Gato por Madrid. Desde julio de 2016 comparto contenido histórico sobre Madrid y me gustaría continuar con ello. El proyecto siempre será gratis, pero lo cierto es que cuesta dinero y tiempo mantener vivo el proyecto, por lo que si te gusta lo que hago y piensas que sirve de utilidad lo que cuento, te animo a que me apoyes realizando una donación, por pequeña que sea, para que este gato pueda seguir contándote historias.
Dona