Durante las primeras décadas del siglo XX, Madrid vivió una auténtica edad de oro del juego de pelota. La ciudad llegó a contar con numerosos frontones que funcionaban no solo como instalaciones deportivas, sino como verdaderos centros de ocio, encuentro social y espectáculo. En ese contexto nació el Frontón Madrid, uno de los más modernos y ambiciosos de su tiempo, hoy desaparecido casi por completo pero todavía muy presente en la memoria histórica de la ciudad.

El Frontón Madrid abrió sus puertas en 1929, en plena efervescencia urbana y cultural, en un emplazamiento privilegiado de la calle Doctor Cortezo, entre Tirso de Molina y Jacinto Benavente. Su promotor fue Ildefonso Anabitarte, un nombre clave en la difusión de la pelota en España, que quiso dotar a la capital de un frontón acorde con los nuevos tiempos. El edificio, diseñado por el arquitecto Eduardo Lozano Lardet, respondía a una concepción moderna del espectáculo deportivo: funcional, elegante y pensado para atraer a un público amplio y diverso.
Desde su inauguración, el Frontón Madrid destacó por sus dimensiones y comodidades. Con capacidad para alrededor de dos mil espectadores, ofrecía una cancha bien proporcionada, buena visibilidad desde las gradas y avances técnicos poco habituales en la época, como una cuidada iluminación y una ventilación eficaz. Todo ello lo convirtió rápidamente en uno de los recintos más concurridos de la capital, especialmente en una ciudad que ya sentía una profunda afición por la pelota desde finales del siglo XIX.

Uno de los aspectos más singulares del Frontón Madrid fue su papel en la popularización del deporte femenino. En una época en la que la presencia de mujeres en el deporte profesional era todavía excepcional, este frontón acogió competiciones femeninas de gran éxito. Pelotaris como Carmen López Molina, conocida como “la Bolche”, o jugadoras como Quinita, Mary o la Eibarresa se convirtieron en auténticas estrellas, capaces de llenar las gradas y despertar un entusiasmo comparable al de los grandes partidos masculinos. Aquellas mujeres no solo rompieron moldes sociales, sino que contribuyeron decisivamente a la fama del recinto.
El Frontón Madrid formó parte de una extensa red de frontones que salpicaban la ciudad. Desde los grandes recintos históricos como el Jai Alai, el Fiesta Alegre o el Beti Jai, hasta otros más modestos repartidos por distintos barrios, Madrid llegó a ser una de las capitales europeas del juego de pelota. Estos espacios reflejaban una forma de entender el ocio urbano que mezclaba deporte, apuestas, sociabilidad y espectáculo, y que marcó a varias generaciones de madrileños.

Sin embargo, como ocurrió con tantos otros edificios emblemáticos, el paso del tiempo fue erosionando su protagonismo. Los cambios en los gustos del público, la aparición de nuevos entretenimientos y las transformaciones urbanísticas del siglo XX fueron relegando poco a poco al Frontón Madrid a un segundo plano. Tras décadas de uso irregular y progresivo deterioro, el edificio acabó perdiendo su función original.
En el siglo XXI, el interior del antiguo frontón fue finalmente demolido para dar paso a un nuevo uso hotelero. De aquel gran recinto deportivo solo se conserva hoy la fachada, integrada como vestigio histórico en un edificio contemporáneo. El espacio que una vez vibró con los golpes de la pelota y los aplausos del público quedó reducido a un recuerdo arquitectónico y sentimental.

Aun así, el Frontón Madrid sigue ocupando un lugar destacado en la historia de la ciudad. Representa una etapa en la que Madrid se abría a la modernidad a través del deporte y el espectáculo, y en la que la pelota fue mucho más que un juego: fue una pasión colectiva. Su desaparición no ha borrado su huella, y gracias a crónicas, documentos y estudios históricos, hoy podemos reconstruir la importancia de aquel recinto que durante años fue uno de los grandes templos del ocio madrileño.
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