Pocos reyes españoles arrastran una leyenda tan poderosa como Carlos II. Su apodo, “el Hechizado”, ha sobrevivido durante siglos y ha convertido a este monarca en una figura casi novelesca, envuelta en supersticiones, maleficios y conspiraciones oscuras. Durante mucho tiempo se creyó que su frágil salud y su incapacidad para tener descendencia solo podían explicarse por fuerzas sobrenaturales. Hoy, sin embargo, la historia y la ciencia ofrecen una visión muy distinta.
Carlos II nació en Madrid en 1661, hijo de Felipe IV y de Mariana de Austria. Desde el principio, su llegada al mundo estuvo marcada por la preocupación. Era un niño débil, enfermizo, con un desarrollo extremadamente lento. Tardó años en hablar con claridad, no caminó hasta una edad avanzada y sufrió dolencias constantes durante toda su infancia. La corte intentó ocultar esta realidad, presentándolo como un príncipe sano y vigoroso, pero los diplomáticos extranjeros no tardaron en advertir que algo no iba bien.
La falta de conocimientos médicos del siglo XVII dejó un vacío que pronto fue ocupado por la superstición. En una época en la que la brujería, los hechizos y las posesiones demoníacas formaban parte del imaginario colectivo, muchos encontraron en lo sobrenatural la explicación perfecta. Se difundió la idea de que Carlos había sido embrujado cuando era joven, incluso se llegó a decir que había ingerido chocolate hechizado para arruinar su salud y su virilidad. Religiosos influyentes aseguraban que el rey estaba bajo el influjo del demonio y se practicaron exorcismos en un intento desesperado por “liberarlo”.
El mito creció al mismo ritmo que los problemas del monarca. Carlos II nunca gozó de buena salud y su reinado estuvo marcado por crisis políticas, económicas y militares que reforzaron la imagen de un rey incapaz, casi condenado por fuerzas invisibles. La falta de herederos terminó de alimentar la leyenda: dos matrimonios y ningún hijo. Para muchos contemporáneos, aquello solo podía ser obra de un hechizo.
Sin embargo, la explicación real es mucho más terrenal. Hoy sabemos que Carlos II fue, sobre todo, víctima de la endogamia extrema de los Habsburgo. Durante generaciones, la familia real se había casado entre parientes cercanos para preservar el poder y la “pureza” de la sangre. El resultado fue una acumulación de problemas genéticos que se manifestaron con crudeza en su figura. La famosa mandíbula prominente de los Austrias, los trastornos físicos, los retrasos en el desarrollo y la infertilidad no eran signos de brujería, sino consecuencias biológicas.
Estudios médicos retrospectivos han planteado distintas hipótesis sobre sus enfermedades, desde síndromes cromosómicos hasta raros trastornos metabólicos hereditarios. Ninguna puede confirmarse al cien por cien, pero todas coinciden en lo esencial: Carlos II padecía una combinación devastadora de dolencias genéticas agravadas por la precariedad de la medicina de su tiempo.
Incluso su muerte, en 1700, reforzó el aura trágica que lo rodeaba. La autopsia describió un cuerpo devastado por dentro, con órganos en mal estado y signos claros de enfermedad crónica. Estos relatos, exagerados o no, terminaron de consolidar la imagen de un rey “maldito”, reforzando un mito que ya estaba firmemente asentado en la memoria colectiva.
Las consecuencias de su reinado fueron enormes. La falta de descendencia directa provocó la Guerra de Sucesión Española y el final de la dinastía de los Austrias en España. Con Carlos II no solo murió un rey, sino una forma de entender el poder que había dominado Europa durante siglos.
Hoy, lejos de hechizos y maldiciones, Carlos II puede verse como una figura profundamente humana: un hombre frágil, condicionado por su herencia genética y por las creencias de su época. El mito del “Hechizado” dice más sobre el miedo a lo desconocido y la ignorancia médica del siglo XVII que sobre el propio monarca. Despojado de supersticiones, su historia sigue siendo trágica, pero también reveladora de hasta qué punto la biología y la política pueden entrelazarse para cambiar el curso de la historia.
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