En las primeras décadas del siglo XIX, a las afueras de Madrid, junto al curso del río Manzanares y en el entonces municipio de Carabanchel Bajo, se alzaba una modesta casa de campo que acabaría convertida en uno de los lugares más enigmáticos de la historia del arte español: la llamada Quinta del Sordo, conocida hoy popularmente como Quinta de Goya. En aquel espacio apartado, lejos del bullicio de la corte y de una España convulsa, Francisco de Goya pintó algunas de las obras más inquietantes y profundas de su carrera, las célebres Pinturas Negras.
La finca debía su nombre original a su anterior propietario, Pedro Marcelino Blanco, apodado “el Sordo” por su discapacidad auditiva. La coincidencia quiso que Goya, que había perdido el oído décadas antes a causa de una grave enfermedad, adquiriera la propiedad en 1819, cuando contaba ya más de setenta años. El pintor atravesaba entonces una etapa marcada por el desencanto, la introspección y el miedo. España vivía bajo el absolutismo de Fernando VII, y muchos intelectuales y liberales sufrían persecución. En ese contexto, la Quinta ofrecía a Goya un refugio físico y mental, un lugar donde aislarse y crear con total libertad.

La casa no era lujosa ni especialmente grande, pero contaba con dos plantas y varias estancias que Goya adaptó a su gusto. Allí residió junto a Leocadia Zorrilla y los hijos de esta, llevando una vida discreta y apartada. Nada hacía pensar, al menos desde el exterior, que aquellas paredes acabarían albergando una de las series pictóricas más radicales de la pintura occidental.
Entre 1820 y 1823, Goya pintó directamente sobre los muros interiores de la casa catorce escenas que hoy conocemos como las Pinturas Negras. No se trataba de encargos ni de obras destinadas al público: eran imágenes concebidas para sí mismo, sin concesiones, sin títulos y sin intención de exhibirse. Brujas, aquelarres, figuras grotescas, escenas de violencia, locura y desesperación emergen en estas composiciones dominadas por tonos oscuros, pinceladas libres y una expresividad estremecedora. Obras como Saturno devorando a su hijo, El aquelarre, La romería de San Isidro o El perro semihundido parecen reflejar los temores, las obsesiones y la amarga visión del mundo de un artista que había sido testigo de guerras, represión y del fracaso de la razón ilustrada.

Tras la marcha de Goya a Burdeos en 1824 y su muerte cuatro años después, la Quinta pasó por distintas manos. Fue entonces cuando su amigo Antonio de Brugada inventarió las pinturas, permitiendo que se conservara memoria de su ubicación original. A mediados del siglo XIX, el deterioro del edificio hacía temer la pérdida definitiva de los murales. En 1873, el banquero francés Frédéric Émile d’Erlanger adquirió la finca y ordenó el delicado traslado de las pinturas del muro al lienzo, una operación compleja dirigida por el restaurador Salvador Martínez Cubells. Aunque el proceso permitió salvar las obras, también supuso la pérdida de parte de su material original.
Las Pinturas Negras se expusieron en París en 1878 con escasa repercusión, pero poco después fueron donadas al Museo del Prado, donde hoy se conservan como uno de sus conjuntos más valiosos y visitados. Mientras tanto, la casa que las vio nacer entraba en una lenta decadencia. Parte de la Quinta fue demolida en 1876 y el resto desapareció definitivamente en 1909, víctima del abandono y de la expansión urbana de Madrid.
Hoy, la Quinta de Goya ya no existe físicamente, pero su legado permanece intacto. En el lugar donde se levantaba, una sencilla placa recuerda que allí, en una casa humilde y apartada, un anciano sordo y desencantado pintó algunas de las imágenes más modernas, perturbadoras y adelantadas a su tiempo. Las Pinturas Negras, nacidas en la intimidad de la Quinta del Sordo, siguen interpelando al espectador dos siglos después, recordándonos que el arte también puede ser un espejo de las sombras más profundas del ser humano.
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