Los primeros parques de bomberos de Madrid: de los “matafuegos” a los camiones rojos

Hoy, cuando escuchamos una sirena de bomberos atravesando las calles de Madrid, resulta difícil imaginar que durante siglos la ciudad tuvo que enfrentarse a los incendios con medios mucho más rudimentarios. No había grandes camiones rojos, ni parques repartidos por los barrios, ni sistemas de comunicación como los actuales. Cuando una casa comenzaba a arder, las campanas de las iglesias daban la voz de alarma y había que correr hacia el fuego con las herramientas disponibles.

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La historia de los bomberos madrileños comenzó mucho antes de que existiera un cuerpo profesional. En 1577, el Ayuntamiento de Madrid ya adoptó medidas para organizar la lucha contra los incendios y, unas décadas después, en 1618, aparecen documentados 24 carpinteros nombrados como “matafuegos de la Villa”. El nombre resulta bastante gráfico: eran hombres que tenían su oficio habitual, pero que también estaban encargados de acudir cuando las llamas amenazaban la ciudad.

Los carpinteros no fueron elegidos por casualidad. En aquel Madrid abundaban las construcciones y estructuras de madera, y estos trabajadores conocían perfectamente cómo estaban levantados los edificios y qué elementos podían desmontarse para evitar que el fuego se propagase. Junto a ellos también actuaban los llamados mozos mangueros, encargados de manejar las primeras mangas y equipos de extinción.

Durante los siglos siguientes el sistema fue evolucionando. Aparecieron maestros bomberos, se fueron estableciendo normas para actuar ante los incendios y se introdujeron nuevos sistemas de bombas, mangueras y salvamento. Pero todavía faltaba una pieza fundamental: disponer de un lugar permanente desde el que organizar todo aquel servicio.

Y ese cambio llegó en 1884, cuando Madrid inauguró en la calle Imperial, junto a la Plaza Mayor, la que está considerada la primera instalación fija destinada al servicio de bomberos de la ciudad.

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El edificio, situado en el número 8 de la calle Imperial, fue conocido como “La Dirección”. Desde allí se organizaban las salidas, se guardaba el material y se coordinaba la actuación de los bomberos. Era una época en la que los vehículos todavía eran tirados por animales y las comunicaciones estaban muy lejos de las que hoy conocemos.

Durante más de un siglo aquel lugar estuvo ligado a la historia de los bomberos madrileños. Por sus puertas salieron generaciones de profesionales y desde allí se atendieron numerosos incendios en el centro de Madrid. La instalación cerró finalmente el 20 de noviembre de 2017, después de 134 años de servicio. Hoy una placa recuerda en la calle Imperial que allí estuvo el primer parque de bomberos de Madrid.

Pero la ciudad estaba creciendo y aquel único centro ya no podía responder por sí solo a las necesidades de una capital cada vez más grande.

En 1894 se produjo otro paso decisivo: el Ayuntamiento organizó formalmente el Cuerpo de Bomberos de Madrid. Poco después comenzaron a llegar también las nuevas tecnologías. En 1898 el servicio incorporó su primera bomba de vapor, un avance que permitía impulsar el agua con mucha más potencia y mejorar la capacidad de actuación frente a los incendios.

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Y entonces llegó la gran transformación.

Madrid necesitaba que los bomberos estuvieran más cerca del lugar donde se producía el incendio. Ya no bastaba con tener una única instalación en el centro. La solución fue crear una red de parques distribuidos estratégicamente por la ciudad.

El Ayuntamiento aprobó en 1904 un ambicioso proyecto para crear nuevos centros de zona y reformar instalaciones existentes. El resultado comenzó a hacerse realidad el 8 de febrero de 1907, cuando entraron en funcionamiento los primeros parques numerados de Madrid: los parques número 1, 2 y 3.

El Parque número 1 se situó en Santa Engracia, el número 2 en O’Donnell y el número 3 en la Ronda de Segovia, junto a la Puerta de Toledo. La elección de estos lugares respondía al crecimiento de Madrid. La ciudad había comenzado a extenderse mucho más allá de su antiguo núcleo y era necesario que los bomberos pudieran llegar rápidamente a los nuevos barrios.

De aquellos primeros parques, el de Santa Engracia es quizá el que mejor conserva la memoria de aquella época.

El edificio comenzó a construirse en 1905 y su proyecto estuvo relacionado con los arquitectos Isidoro Delgado Vargas y José Monasterio. Su fachada de ladrillo visto y piedra artificial, con una marcada inspiración neomudéjar, hace que todavía hoy destaque entre los edificios de la calle Santa Engracia.

Pero lo más interesante está en lo que no siempre se aprecia desde la calle. El parque fue concebido como una instalación específicamente pensada para las necesidades de los bomberos. Contaba con cocheras, talleres, espacios de servicio y una característica torre utilizada como secadero de mangueras.

Porque una manguera mojada no podía simplemente guardarse después de una intervención. Había que secarla y mantenerla en buenas condiciones para la siguiente salida. La torre se convirtió así en uno de esos elementos arquitectónicos que nos cuentan, casi sin palabras, cómo funcionaba un parque de bomberos hace más de un siglo.

El recinto también estuvo relacionado con la preparación física de los bomberos. En aquellos años el trabajo exigía una fuerza y una resistencia enormes. Subir escaleras, transportar material, manejar las mangueras o rescatar personas de edificios en llamas no era una tarea para cualquiera. Por eso el Cuerpo contó con instalaciones destinadas al entrenamiento, incluido un gimnasio.

Y mientras los nuevos parques comenzaban a funcionar, otra revolución estaba a punto de cambiar para siempre la forma de acudir a un incendio.

Hasta entonces, los bomberos habían dependido de caballos y mulas para transportar buena parte del material. Pero en 1908 apareció el primer automóvil del Cuerpo de Bomberos de Madrid.

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Era un vehículo de fabricación francesa, un Bayard-Clement, destinado inicialmente a servicios de dirección y sanitarios. Puede parecer modesto comparado con los vehículos actuales, pero suponía un cambio extraordinario: por primera vez los bomberos podían empezar a beneficiarse de la velocidad y movilidad del automóvil.

La transformación continuó durante los años siguientes. En 1910 llegó el coche de primera salida y en 1916 el Ayuntamiento adquirió la primera autobomba, capaz de transportar a doce hombres sentados.

Madrid estaba entrando en una nueva era y los bomberos también.

Los parques empezaron a llenarse de vehículos en lugar de animales. Las antiguas salidas a caballo fueron desapareciendo poco a poco y las instalaciones tuvieron que adaptarse a una tecnología que evolucionaba a toda velocidad.

Mientras tanto, la ciudad seguía creciendo.

El parque situado junto a la Puerta de Toledo permitía cubrir buena parte del sur y el suroeste de Madrid, mientras que el de Santa Engracia atendía una zona que estaba experimentando una intensa expansión urbana. El parque de O’Donnell hacía lo propio en el este.

Pero aquello solo era el principio. Madrid no dejó de crecer durante el siglo XX y cada nuevo barrio hacía necesario ampliar también la red de bomberos. Aparecieron nuevos parques en Moncloa, Santa María de la Cabeza y otros puntos de la ciudad, mientras que algunas de las instalaciones originales acabaron quedándose pequeñas y fueron sustituidas.

El propio Parque de O’Donnell desaparecería con el tiempo y sería sustituido por una instalación de mayores dimensiones. El de la Puerta de Toledo también sufrió las transformaciones urbanísticas de la zona. Sin embargo, algunos de aquellos primeros edificios han conseguido sobrevivir y todavía forman parte del paisaje madrileño.

Quizá por eso resulta especialmente curioso recorrer hoy la calle Santa Engracia o acercarse a la Puerta de Toledo y descubrir que detrás de esas fachadas de ladrillo existe una historia que comenzó hace más de un siglo.

Porque la historia de los bomberos de Madrid no empezó con los camiones rojos ni con las sirenas. Empezó mucho antes, cuando las campanas de las iglesias anunciaban que había fuego y unos carpinteros llamados “matafuegos de la Villa” abandonaban durante un momento sus talleres para enfrentarse a las llamas.

Después llegaron los mozos mangueros, los maestros bomberos, las primeras bombas, “La Dirección” de la calle Imperial, los parques de zona, los caballos, los primeros automóviles y, finalmente, los grandes vehículos que hoy conocemos.

De todos aquellos cambios quedan todavía algunas huellas en Madrid.

La más antigua nos lleva hasta la calle Imperial, donde una placa recuerda el lugar del primer parque de bomberos de la ciudad. Y si seguimos el rastro hasta Santa Engracia encontramos uno de los edificios históricos más singulares del Cuerpo, con su torre secadero y su arquitectura neomudéjar.

Son lugares que podemos pasar por delante todos los días sin reparar en ellos. Pero basta detenerse un momento para imaginar aquel Madrid de hace más de cien años: las calles llenas de carros, los caballos preparados para salir, los bomberos corriendo hacia las cocheras y, desde algún punto de la ciudad, las campanas anunciando que Madrid volvía a enfrentarse a su enemigo más antiguo.

El fuego.


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