A apenas unos metros del paseo del Prado, en la calle del Duque de Medinaceli, se alza un edificio que pocos madrileños identifican por su nombre pero que ha sido protagonista de algunos de los episodios más curiosos de la historia reciente de la ciudad. Cerrado y semiabandonado desde 2007, el antiguo Palacio de Hielo y del Automóvil ha vuelto a la actualidad en septiembre de 2026, cuando el Gobierno anunció que se convertirá en la segunda sede del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. Pero para entender por qué un edificio tan singular llevaba casi veinte años vacío hay que remontarse un siglo atrás, a un Madrid que soñaba con emular el glamour de las grandes capitales europeas.
Todo empezó en 1920, cuando el empresario hotelero de origen belga Georges Marquet —fundador también del cercano Hotel Palace— impulsó, a través de una sociedad anónima constituida en Bélgica, la construcción de una gran pista de patinaje artificial en Madrid. La idea, respaldada por el presidente del Hockey Club de San Sebastián, buscaba traer a la capital algo parecido al Palais de la Glace parisino: un espacio de ocio, patinaje y exposiciones para la alta sociedad. Se convocó un concurso arquitectónico que ganó el belga Edmond De Lune, aunque las obras, ejecutadas entre 1920 y 1922, corrieron a cargo de los arquitectos Gabriel Abreu Barreda y Fernando García Mercadal. El resultado fue uno de los primeros edificios madrileños construidos en hormigón armado, entonces toda una novedad, rematado por una fachada de piedra artificial de estilo renacimiento francés que se extendía a lo largo de 85 metros.

El Palacio abrió sus puertas el 30 de octubre de 1922 con la presencia del rey Alfonso XIII, y esa misma noche se disputó un partido de exhibición entre el club francés Club des Patineurs de Paris y el belga Brussels IHSC, resuelto con una contundente victoria gala por 13-2. El edificio se organizaba en dos plantas de usos bien distintos: abajo, una gran pista de hielo de unos 55 por 27-28 metros rodeada de una galería con mesas desde las que contemplar a los patinadores; arriba, una exposición permanente de automóviles a la que se accedía mediante un montacoches especial instalado en la calle San Agustín, de ahí el curioso nombre compuesto del edificio. El interior no escatimaba en lujo: salón de fiestas al estilo Luis XVI, vestuarios para ambos sexos, sala de fumar a la inglesa, salón de lectura, bar americano y espacio para hasta cuatro orquestas. El público al que se dirigía era, sobre todo, la clientela del vecino Hotel Palace, que vivía entonces su momento de mayor esplendor gracias a la llegada de extranjeros huidos de la Primera Guerra Mundial.
Aquel brillo inicial resultó efímero. El 18 de enero de 1923 el recinto fue escenario del primer partido de la historia de la liga española de hockey sobre hielo, entre el Club Alpino Español y el Real Club Puerta de Hierro —título que finalmente se llevó el Azul Hockey Club—, pero la normalización de la vida europea tras la guerra hizo que la clientela extranjera del Palace se redujera drásticamente, y con ella la afluencia al Palacio de Hielo. El negocio no resistió: cerró definitivamente en 1926, apenas cuatro años después de su inauguración.

El edificio, sin embargo, estaba lejos de agotar su historia. En 1928-1929 el Estado español lo adquirió y encargó al arquitecto Pedro Muguruza Otaño su reconversión en un centro dedicado a la investigación, un encargo que se desarrolló en un contexto político convulso —la Segunda República y después la Guerra Civil, durante la cual Muguruza llegó incluso a comparecer en varios juicios por los retrasos de la obra— y que supuso una transformación radical del interior: desaparecieron las marquesinas de hierro y cristal, el bar americano y el buffet, y la antigua pista de hielo quedó convertida en despachos. El edificio pasó así a albergar el Centro de Estudios Históricos y la Junta de Ampliación de Estudios, además de la Cámara del Motor y del Automóvil, instalada en la fachada de la calle San Agustín. Tras la Guerra Civil, en 1939-1940, se convirtió en sede del recién creado Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que lo destinó a acoger sus institutos de humanidades; una segunda reforma y ampliación, obra de los arquitectos Ricardo Fernández Vallespín y Guillermo Sánchez Gil, volvió a adaptar los espacios, y en 1944 se habilitó parte del inmueble para el Instituto de España y las recién creadas Reales Academias.
Uno de los episodios más singulares de la vida del edificio llegó en 1948, cuando el CSIC encargó al arquitecto Miguel Fisac —que ya había trabajado para la institución— el diseño de una librería científica en la planta baja para vender sus publicaciones. Fisac, influido por la arquitectura nórdica que acababa de descubrir en un viaje, cuidó hasta el último detalle: mobiliario, molduras de puertas y ventanas, todo en madera de pino «desalburizada» y tratada con cal para resaltar su veta natural. Durante décadas fue considerada un pequeño tesoro del diseño español de posguerra, aunque con el tiempo y el progresivo abandono del edificio también acabó deteriorándose. En diciembre de 1978 un grave incendio afectó a la parte reformada en los años cuarenta, destruyendo la cuarta planta; el humo y el agua empleada para sofocarlo dañaron además buena parte del valioso fondo bibliográfico del CSIC. Tras una nueva restauración en los años ochenta, de nuevo a cargo de Guillermo Sánchez Gil, el edificio siguió funcionando como sede de institutos del CSIC hasta que este trasladó sus actividades en 2007, dejándolo prácticamente vacío. En 2011 se redujo su nivel de protección patrimonial para facilitar una reforma integral que, sin embargo, nunca llegó a ejecutarse, y durante casi dos décadas el antiguo Palacio de Hielo permaneció cerrado, con sus puertas cegadas, en pleno centro de Madrid.

Ese largo paréntesis se cerró el 16 de septiembre de 2026, cuando los ministerios de Cultura y Hacienda presentaron el acuerdo que da al edificio un nuevo futuro: su cesión a la Fundación Colección Thyssen-Bornemisza para ampliar el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza con un espacio dedicado al arte del siglo XXI. El inmueble, que cuenta actualmente con unos 10.000 metros cuadrados, se encuentra a pocos minutos a pie del propio museo. Tras la rehabilitación integral, que financiará el Ministerio de Hacienda a través de la Dirección General del Patrimonio del Estado, el edificio alcanzará unos 19.500 metros cuadrados construidos, además de un patio-jardín de 1.500 metros cuadrados abierto a exposiciones y actos al aire libre; las fuentes consultadas sitúan el coste de la rehabilitación entre los 70 y los 90 millones de euros. A cambio, la filántropa y coleccionista Francesca Thyssen-Bornemisza donará más de 180 obras de la Colección TBA21, que ella misma fundó en 2002, valoradas en unos 16 millones de euros, y cederá en préstamo a largo plazo casi otras 180 piezas adicionales de arte contemporáneo, valoradas en torno a los 10 millones; entre los artistas representados figuran Ai Weiwei, Marina Abramović, John Akomfrah, Monica Bonvicini y Candice Breitz. El nuevo espacio se plantea como un centro cívico dedicado al arte contemporáneo, la ecología y la participación ciudadana, y compartirá edificio con el futuro Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, el segundo de titularidad estatal después del ya existente en Vitoria. El Gobierno prevé definir este año el programa y convocar el concurso internacional de arquitectura, redactar el proyecto ganador entre 2027 y 2028, ejecutar las obras a partir de 2029 y abrir el nuevo centro hacia 2032.
Pocos edificios madrileños pueden presumir de una trayectoria tan variopinta: pista de patinaje de la aristocracia, salón de exposición de automóviles, cuna del hockey hielo español, centro de investigación histórica, sede del CSIC, víctima de un incendio y, ahora, futuro museo de arte contemporáneo. Más de un siglo después de que Georges Marquet soñara con traer a Madrid el glamour de los palacios de hielo europeos, el edificio de la calle Duque de Medinaceli está a punto de recuperar su vocación original: volver a ser un lugar abierto al público y a la vida cultural de la ciudad.
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