¿Quién fue el primer madrileño?
La pregunta parece sencilla, pero la respuesta es mucho más complicada de lo que podríamos imaginar. Mucho antes de que Madrid tuviera murallas, antes de que existiera Mayrit y siglos antes de que Felipe II decidiera convertir la villa en capital de su reino, ya había personas viviendo, trabajando y muriendo en este territorio.
Una de ellas fue bautizada por los arqueólogos con un nombre que resulta especialmente apropiado: Valentín.
No sabemos cómo se llamaba realmente. Tampoco sabemos exactamente de dónde procedía ni conocemos demasiados detalles de su vida. Lo que sí sabemos es que era un hombre de aproximadamente 25 años y que vivió durante la época visigoda, probablemente en torno al siglo VIII. Sus restos aparecieron en una excavación arqueológica realizada junto a la plaza de la Armería, entre el Palacio Real y la catedral de la Almudena.
Y hay una curiosidad que explica su nombre.
Los arqueólogos encontraron su enterramiento el 14 de febrero de 2009, precisamente el día de San Valentín. Así que decidieron ponerle ese nombre. Más de mil años después de su muerte, aquel desconocido volvía a tener una identidad.

Aunque solo fuera una identidad arqueológica.
El hallazgo se produjo durante las excavaciones realizadas en el entorno del Palacio Real para construir el futuro Museo de las Colecciones Reales. Aquellas excavaciones terminaron revelando una auténtica cápsula del tiempo bajo el centro de Madrid. Aparecieron restos de viviendas medievales, fragmentos de la muralla islámica, cerámicas, estructuras relacionadas con diferentes épocas y evidencias que obligaron a revisar algunas de las ideas tradicionales sobre el origen de la ciudad.
Y, entre todo aquello, apareció Valentín.
Su tumba se encontraba en la denominada Casa 1, bajo el espacio que actualmente separa la plaza de la Armería de la catedral de la Almudena. Los análisis mediante carbono 14 realizados sobre los restos situaron su vida en torno al siglo VIII. Los arqueólogos consideraron que se trataba del enterramiento más antiguo localizado hasta entonces dentro del actual núcleo urbano de Madrid.
Esto resulta especialmente interesante porque Valentín vivió antes de la fundación de Mayrit.
Durante mucho tiempo se ha contado la historia de Madrid a partir de la fundación de la fortaleza musulmana levantada durante el reinado del emir Mohamed I, en el siglo IX. Aquel enclave militar, situado junto al río Manzanares y protegido por una muralla, acabaría convirtiéndose en el origen de la ciudad medieval.
Pero Valentín estaba allí antes.
Y eso no significa que existiera una gran ciudad visigoda bajo el Madrid actual. Todo lo contrario.
Los arqueólogos creen que aquella zona todavía no constituía una población urbana. El lugar donde siglos después crecería Madrid era entonces un territorio rural, con pequeños grupos humanos que podían dedicarse a la agricultura y a la ganadería.

Por eso resulta más correcto imaginar a Valentín caminando por un paisaje de campos y caminos que pensar en él como un habitante de una ciudad.
De hecho, una de las hipótesis planteadas durante la investigación es que pudo tratarse de un pastor. No existen restos de una vivienda asociada directamente a él y tampoco apareció acompañado de objetos o ajuar funerario. Su enterramiento era sencillo, sin elementos que permitieran determinar una posición social elevada.
Pero sus huesos sí cuentan parte de su historia.
Valentín murió siendo muy joven, aproximadamente a los 25 años, y su esqueleto presenta signos de artrosis. Los especialistas interpretaron que el desgaste de sus articulaciones podía estar relacionado con una vida físicamente dura y con el transporte habitual de cargas pesadas. Es decir, aquel hombre probablemente realizó durante años un trabajo que castigó considerablemente su cuerpo.
Es uno de esos pequeños detalles que hacen que la arqueología deje de ser una simple colección de fechas y objetos.
Porque podemos imaginarlo.
Un hombre joven, viviendo hace más de mil años en un paisaje que todavía no era Madrid, realizando trabajos físicos, caminando por los alrededores y llevando una vida de la que prácticamente nada quedó escrito.
Hasta que murió.
Fue enterrado en aquel lugar y, durante siglos, la tierra fue cubriendo su tumba.
Después llegaron otras personas.
Con el paso del tiempo, el paisaje cambió completamente. El territorio fue ocupado, transformado y finalmente incorporado al crecimiento de la población medieval. Sobre la zona de su enterramiento se construyeron nuevas estructuras y un basurero medieval acabó afectando incluso a la tumba.

Precisamente ese proceso podría explicar por qué faltaban los pies del esqueleto. Los investigadores plantearon que fueron cercenados cuando se construyó aquel basurero sobre el enterramiento.
Y aquí aparece otra de las grandes historias escondidas bajo Madrid.
Valentín no fue enterrado junto a un monumento, ni dentro de una iglesia, ni en un lugar especialmente señalado. Su tumba formaba parte de un paisaje rural que, con el tiempo, terminó completamente transformado.
El lugar donde él murió acabaría encontrándose en el corazón histórico de Madrid.
Porque la historia de la ciudad no comenzó de repente.
Antes de los musulmanes hubo presencia visigoda. Antes de los visigodos existieron poblaciones de otras épocas. Y las excavaciones realizadas en el entorno del Palacio Real también encontraron materiales carpetanos y otros vestigios que muestran que este territorio ya había sido transitado y ocupado mucho antes de convertirse en la ciudad que conocemos.
Eso sí, conviene tener cuidado con una expresión que se ha repetido mucho: “Valentín, el primer madrileño”.
Es un título atractivo y por eso ha terminado popularizándose, pero no significa que sepamos que fue literalmente la primera persona que vivió en Madrid. De hecho, existen evidencias de presencia humana anterior en el territorio madrileño y también restos de épocas prerromanas y romanas.
Lo que sí podemos decir es que Valentín es uno de los personajes humanos más antiguos identificados arqueológicamente dentro del actual casco urbano y que su enterramiento constituye una evidencia excepcional de la presencia visigoda en el lugar donde posteriormente surgiría Madrid.
Y la presencia visigoda en la Comunidad de Madrid fue mucho más importante de lo que durante mucho tiempo se pensó.
En 2011, por ejemplo, se descubrió en Vicálvaro una enorme necrópolis visigoda con más de 900 enterramientos, fechada entre los siglos VI y VII. El descubrimiento demostró que existían comunidades visigodas de cierta entidad en el territorio madrileño.
Pero Valentín es diferente.
Su importancia no reside en que perteneciera a una comunidad gigantesca ni en que fuera un personaje poderoso. Es precisamente lo contrario.
Es un hombre corriente.
Uno de tantos que vivieron en este territorio y cuya existencia habría quedado completamente olvidada si los arqueólogos no hubieran encontrado sus huesos más de mil años después.
Hoy sabemos muy poco de él, pero podemos conocer algunas cosas gracias a la ciencia. Sabemos aproximadamente cuándo vivió, qué edad tenía cuando murió y que su cuerpo muestra las huellas de una vida físicamente exigente.
También sabemos que fue enterrado sin grandes riquezas.
Y, sobre todo, sabemos que estaba aquí antes de que existiera Madrid como ciudad.
Cuando paseamos actualmente entre el Palacio Real y la catedral de la Almudena, estamos caminando por un lugar que ha cambiado radicalmente a lo largo de los siglos. Bajo nuestros pies se superponen diferentes Madrid: el rural y visigodo, el medieval, el islámico, el cristiano y el de la monarquía.
Valentín pertenece al primero de ellos.
Murió cuando Madrid todavía no era Madrid.
No conoció sus calles, porque no existían. No conoció sus plazas, porque tampoco existían. No vio la muralla musulmana ni el alcázar, ni por supuesto el Palacio Real o la catedral.
Sin embargo, su muerte nos dejó una de las pistas más fascinantes sobre el pasado remoto de la ciudad.
Quizá por eso aquel nombre improvisado por los arqueólogos resulta tan apropiado.
Cada 14 de febrero, mientras Madrid se llena de flores, corazones y mensajes de amor, resulta curioso pensar que hace más de mil años, en ese mismo territorio, apareció la tumba de un joven visigodo que había permanecido olvidado durante siglos.
Lo llamaron Valentín.
Y gracias a él sabemos que antes de que existiera Madrid, ya había personas viviendo aquí.
La ciudad todavía no había nacido.
Pero Valentín ya estaba aquí.
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