Hoy, cuando caminamos por la plaza de Lavapiés, es difícil imaginar que el edificio que ocupa uno de sus lados guarda una historia muy diferente a la que podemos ver a simple vista. Allí donde actualmente se encuentra el Teatro Valle-Inclán, durante buena parte del siglo XX se levantó uno de los espacios de ocio más conocidos del barrio: el Cine Olimpia.
Fue cine, teatro, sala de variedades y escenario de nuevas tendencias artísticas. Por sus puertas pasaron miles de madrileños y, durante décadas, aquel edificio formó parte inseparable del paisaje de Lavapiés. Sin embargo, el Olimpia desapareció a comienzos del siglo XXI y hoy apenas queda memoria visible de él. Su historia, eso sí, merece ser recuperada.
Para encontrar sus orígenes tenemos que viajar hasta principios del siglo XX. En 1908, en el solar situado junto a la plaza de Lavapiés y las calles de Argumosa y Valencia, se construyó un teatro promovido por el empresario valenciano Vicente Ballester. El nuevo local recibió el nombre de Lo Rat Penat, una expresión valenciana que significa “el murciélago” y que hacía referencia a uno de los símbolos tradicionales de Valencia.

El edificio tenía una apariencia muy característica. Su fachada, de formas curvas y decoración modernista, estaba adornada con elementos relacionados con los murciélagos y con Valencia. Pero lo más interesante es que aquel espacio no nació únicamente para el teatro. En una época en la que el cinematógrafo empezaba a conquistar Madrid, el nuevo local también incorporó proyecciones cinematográficas.
Las primeras películas comenzaron a exhibirse en diciembre de 1908 y la inauguración oficial tuvo lugar unos meses después. El cine todavía era una novedad y también una actividad que entrañaba ciertos riesgos. Las antiguas películas de nitrato eran extremadamente inflamables, por lo que la cabina de proyección contaba con medidas especiales para intentar evitar incendios.
El edificio fue cambiando de propietarios, de nombre y de función a lo largo de los años. En 1916 pasó a denominarse Salón Olimpia y posteriormente experimentó distintas reformas. Finalmente, el 14 de noviembre de 1926 se inauguró una nueva construcción dedicada principalmente al espectáculo cinematográfico. Había nacido el Cine Olimpia que muchos madrileños recordarían durante décadas.
La sala era considerable para un cine de barrio. Contaba con patio de butacas, entresuelo y palcos laterales y llegó a alcanzar más de mil localidades. Además, el complejo disponía de un espacio exterior donde durante los meses de verano podían organizarse proyecciones al aire libre.

El Olimpia se convirtió así en uno de esos cines que eran mucho más que un lugar al que acudir a ver una película. Era parte de la vida cotidiana del barrio. Allí se celebraban sesiones continuas, programas dobles y funciones infantiles, especialmente populares los domingos por la mañana. Para muchos niños de Lavapiés, acudir al Olimpia formaba parte de aquel ritual semanal en el que el cine se convertía en una pequeña aventura.
Las fotografías antiguas permiten hacerse una idea de cómo era aquel lugar. Especialmente interesantes son las imágenes de los años setenta y ochenta, cuando el Cine Olimpia todavía dominaba visualmente la plaza de Lavapiés. Los carteles de las películas, las marquesinas y el movimiento de los vecinos alrededor del edificio muestran un Madrid muy diferente al actual.
Una de las fotografías más conocidas es la realizada en 1975, que conserva la imagen del cine en plena actividad. También son muy valiosas las fotografías tomadas por Mariví Ibarrola durante los primeros años de la década de 1980. Su trabajo sobre Lavapiés documentó un barrio que estaba a punto de experimentar una profunda transformación y en el que el Olimpia seguía siendo uno de sus espacios más reconocibles.
Pero precisamente cuando el cine empezaba a formar parte de un Madrid que desaparecía, el edificio inició una nueva vida. A finales de los años setenta, el antiguo cine dejó atrás progresivamente su función cinematográfica y comenzó a convertirse en un espacio teatral. En 1979 fue recuperado como Sala Olimpia y se reabrió al público con una representación de Galileo Galilei, de Bertolt Brecht.

El cambio fue mucho más importante de lo que podría parecer. A partir de entonces, aquel antiguo cine de barrio se convirtió en uno de los espacios vinculados a la renovación teatral de Madrid. Por su escenario pasaron propuestas experimentales y espectáculos alejados del circuito comercial tradicional. La Sala Olimpia se transformó en un punto de referencia para quienes buscaban nuevas formas de entender el teatro.
En 1984 pasó a ser gestionada por el Estado y se convirtió en sede del Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas. El edificio que había acogido películas y sesiones infantiles asumía ahora un nuevo papel dentro de la cultura española. Era una curiosa transformación: el viejo cine popular de Lavapiés se había convertido en un espacio dedicado a la experimentación escénica.
Pero el edificio tenía ya graves problemas. Con el paso de las décadas, su estado de conservación se deterioró y finalmente se decidió que no podía mantenerse en pie. A finales del año 2000 comenzó el derribo del antiguo Teatro Olimpia y en 2001 el edificio había desaparecido. Durante un tiempo, la plaza de Lavapiés contempló un enorme vacío donde durante casi un siglo habían existido distintos teatros y cines. Pero aquel solar no tardaría demasiado en recuperar su función cultural.
En su lugar se construyó un nuevo teatro, mucho más moderno y completamente diferente desde el punto de vista arquitectónico. Las obras comenzaron en 2002 y terminaron en 2005. El 21 de febrero de 2006 abrió sus puertas oficialmente el nuevo Teatro Valle-Inclán, inaugurado con una representación de Divinas palabras, una de las obras más conocidas del escritor gallego.
El edificio actual pertenece al Centro Dramático Nacional y se ha convertido en uno de los principales espacios teatrales de Madrid. Y, sin embargo, cuando contemplamos hoy el Teatro Valle-Inclán, pocas personas imaginan todo lo que hubo antes en ese mismo lugar.

Porque la historia del solar es mucho más larga que la del propio Cine Olimpia. Primero fue Lo Rat Penat, después Salón Olimpia, más tarde Cine Olimpia y posteriormente Sala Olimpia. Durante casi un siglo aquel rincón de Lavapiés cambió varias veces de nombre y de función, pero mantuvo algo en común: siguió siendo un lugar al que los madrileños acudían para disfrutar de un espectáculo. Quizá esa sea la parte más interesante de su historia. El edificio desapareció, pero su función no lo hizo.
Los vecinos que hace décadas entraban en el Olimpia para ver una película, llevar a sus hijos a una sesión infantil o refugiarse del calor en una tarde de verano fueron sustituidos por espectadores que hoy acuden al Teatro Valle-Inclán para ver una obra. El edificio es otro. El barrio también ha cambiado. Pero la plaza continúa siendo un lugar de encuentro alrededor de la cultura.

Por eso, la próxima vez que pases por Lavapiés y veas el Teatro Valle-Inclán, merece la pena detenerse un momento y mirar su fachada con otros ojos. Allí donde hoy se representa teatro contemporáneo hubo un cine con miles de butacas, carteles luminosos y largas colas de espectadores. El Cine Olimpia desapareció hace ya más de dos décadas, pero forma parte de esa enorme colección de lugares perdidos que ayudan a comprender cómo ha cambiado Madrid.
Porque, aunque el edificio ya no exista, todavía podemos reconstruirlo a través de sus fotografías, sus recuerdos y las historias de quienes alguna vez cruzaron sus puertas. Y quizá eso sea precisamente lo que hace que un lugar desaparecido siga, de alguna manera, vivo.
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