Hay lugares de Madrid que desaparecen para siempre y otros que, aunque cambien de nombre, de aspecto y hasta de función, consiguen conservar una parte de su pasado. El antiguo Cine Alba, en la calle Duque de Alba, pertenece a esta segunda categoría. Hoy conocemos el lugar como Sala Equis, uno de los espacios culturales y de ocio más singulares del centro de Madrid, pero antes de convertirse en un punto de encuentro donde se mezclan cine, gastronomía y cultura, aquellas mismas paredes albergaron durante más de setenta años un cine de barrio y, durante sus últimas décadas, una sala dedicada al cine para adultos. La historia resulta todavía más curiosa porque los orígenes del lugar se remontan a los primeros años del cinematógrafo en Madrid.
A comienzos del siglo XX, cuando las películas todavía eran una novedad capaz de reunir a multitudes, comenzaron a aparecer por la ciudad pequeños locales y barracones destinados a las proyecciones. Uno de ellos fue el Franco-Español, un primitivo cinematógrafo relacionado con el empresario Crisanto García del Barrio y Rodríguez. El local había funcionado originalmente en la calle Ancha de San Bernardo, pero en 1903 fue trasladado a un solar situado junto a la actual calle Duque de Alba. Aquel establecimiento acabaría formando parte de los antecedentes del cine que décadas después sería conocido como Alba, aunque la evolución del inmueble fue bastante más compleja de lo que podría parecer.
Porque en aquella misma zona también se levantó la sede del periódico El Imparcial, uno de los diarios más importantes del Madrid de comienzos del siglo XX. El edificio, proyectado por el arquitecto Daniel Zabala, abrió sus puertas en 1913 en el número 4 de la calle Duque de Alba y albergaba las oficinas y dependencias relacionadas con la actividad del periódico. Con el tiempo, El Imparcial abandonó el inmueble y el espacio comenzó a buscar nuevos usos, y uno de ellos volvió a estar relacionado con el cine.

En 1934 se planteó convertir parte del edificio en una nueva sala cinematográfica que habría recibido el nombre de Actualidades 2. El proyecto contemplaba crear una sala con patio de butacas, entresuelo, nuevos accesos y salidas de emergencia, pero aquella iniciativa nunca llegó a materializarse. El cine tendría que esperar todavía unos años, hasta que en 1940 se presentó un nuevo proyecto para transformar el espacio en una sala cinematográfica. El arquitecto Juan Fernández Yáñez se encargó del diseño y, después de las correspondientes obras y autorizaciones, el nuevo cine abrió sus puertas el 21 de junio de 1941. Había nacido el Cine Alba.
En aquel Madrid de posguerra, ir al cine era una de las formas de entretenimiento más populares y el Alba se convirtió en una sala de barrio, con sesiones continuas y un ambiente muy diferente al de los grandes cines monumentales de la Gran Vía. El espectador entraba desde la calle Duque de Alba y tenía que recorrer un largo pasillo antes de llegar a la sala. Allí se encontraba la taquilla y se anunciaban las películas que estaban en cartel; al final del recorrido aparecía el vestíbulo y, tras él, el patio de butacas. El cine disponía inicialmente de unas 476 localidades, distribuidas entre el patio de butacas, el entresuelo y pequeños palcos laterales, y contaba además con los sistemas técnicos habituales en una sala de la época, como calefacción, ventilación y una cabina de proyección especialmente preparada para evitar riesgos de incendio.
Durante años, el Alba fue uno de esos cines que formaban parte de la vida cotidiana de un barrio. No hacía falta desplazarse hasta la Gran Vía para ver una película: bastaba con acercarse a la calle Duque de Alba. La sala fue cambiando poco a poco con el paso del tiempo y, en los años sesenta, pasó a manos de Cecilio Gómez, que realizó diferentes reformas y modernizó parte del equipamiento. Los antiguos proyectores fueron sustituidos y también se renovaron las butacas, pero el mundo del cine estaba cambiando y las pequeñas salas empezaban a tener cada vez más dificultades para competir con los grandes complejos y con las nuevas formas de entretenimiento.
El Alba encontró entonces una manera muy diferente de sobrevivir. A finales de los años setenta dejó atrás su programación convencional y comenzó a proyectar películas de contenido sexual. Durante un tiempo funcionó como sala S, una categoría cinematográfica que posteriormente daría paso a las salas X, y el cambio definitivo llegó el 10 de marzo de 1986, cuando el Cine Alba pasó oficialmente a convertirse en una sala X.

Para muchos madrileños aquello supuso el final del cine de barrio que habían conocido, pero, paradójicamente, aquella transformación permitió que el edificio continuara funcionando como cine durante varias décadas más. El público había cambiado completamente, pero la pantalla seguía allí y también sobrevivió una peculiar tradición: la sesión continua. Las películas se sucedían durante buena parte del día y los espectadores podían entrar y salir de la sala sin necesidad de ajustarse a un único horario.
El Alba llegó así hasta los primeros años del siglo XXI, cuando los avances tecnológicos transformaron también este tipo de salas. Las antiguas películas en 35 milímetros fueron sustituidas progresivamente por otros formatos y la sala fue adaptándose como pudo a los nuevos tiempos. Durante aquella última etapa destacó además la figura de Rafael Sánchez, el encargado de la cabina de proyección, que trabajó durante décadas en el cine y llegó a convertirse en uno de los grandes conocedores de su historia. Entre sus particularidades estaba la elaboración artesanal de los carteles que anunciaban las películas, una costumbre que sobrevivió durante años en un momento en que prácticamente había desaparecido de las salas comerciales.
El Alba consiguió resistir mucho más que otros cines de barrio de Madrid, pero finalmente llegó el momento de cerrar. En 2015, el antiguo Cine Alba dejó de funcionar como sala X y entonces podría haber ocurrido lo habitual: que el edificio desapareciera para convertirse en cualquier otro negocio o que simplemente quedara abandonado. Sin embargo, ocurrió algo bastante más interesante. El inmueble fue rehabilitado y, en 2017, volvió a abrir sus puertas con un nombre completamente diferente: Sala Equis.
La transformación fue profunda, pero los responsables del proyecto decidieron conservar buena parte de la memoria cinematográfica del lugar. El antiguo cine no se convirtió simplemente en otro establecimiento, sino que su pasado pasó a formar parte de la nueva identidad. Uno de los espacios más reconocibles es el antiguo patio de butacas, que fue transformado en una gran zona de encuentro. Se eliminaron algunos elementos que habían ocultado la arquitectura original y se recuperó incluso una gran claraboya que permanecía escondida.

El antiguo anfiteatro también conservó su relación con el cine. Allí se instaló una pequeña sala con capacidad para unas 55 personas, donde continúan proyectándose películas. Así, casi sin que nos demos cuenta, el edificio volvió a hacer aquello para lo que había sido utilizado durante buena parte de su existencia: proyectar cine, aunque ahora lo haga de una manera completamente diferente.
La historia del Cine Alba tiene algo especialmente madrileño porque refleja la capacidad de adaptación de algunos lugares de la ciudad. Primero estuvo relacionado con aquellos primeros cinematógrafos que llegaron a Madrid cuando el cine todavía era una novedad; después fue un proyecto de sala que nunca llegó a abrir y, más tarde, se convirtió en el Cine Alba, un cine popular de barrio que durante décadas recibió a generaciones de espectadores. Después llegaron su etapa como sala S y finalmente como cine X y, cuando parecía que aquella historia había terminado, el edificio volvió a abrir sus puertas convertido en Sala Equis. Todo ello sin moverse de la misma esquina de Madrid.
Por eso, cuando hoy entramos en Sala Equis, quizá merezca la pena mirar un poco más allá de las luces, la decoración y el ambiente actual. Bajo esa apariencia moderna todavía está el viejo cine, con la memoria de aquella sala que durante décadas recibió a los espectadores madrileños y que supo adaptarse a cambios que acabaron con muchos otros cines de barrio. La presencia del cine sigue formando parte de su identidad y esa continuidad convierte al edificio en algo más que un simple local rehabilitado.
Quizá por eso resulta más interesante hablar del Cine Alba como un cine desaparecido solo a medias. El nombre desapareció, el público cambió, la programación cambió y el edificio fue reformado, pero la pantalla volvió a encenderse. Y eso hace que la historia del Alba sea diferente a la de tantos otros cines madrileños que fueron demolidos y de los que únicamente quedan fotografías, carteles y recuerdos.

El Cine Alba consiguió algo mucho más difícil: sobrevivir cambiando completamente de vida. Así que la próxima vez que pases por la calle Duque de Alba y veas la entrada de Sala Equis, recuerda que detrás de ese espacio moderno hubo un cine que abrió sus puertas en 1941 y que durante décadas formó parte de la vida cotidiana de Madrid. Y que, aunque ya no se llame Alba, todavía conserva algo de aquel viejo cine, porque en Madrid hay edificios que desaparecen y otros que, simplemente, aprenden a contar su historia de otra manera.
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