Pocos sonidos evocan de forma tan inmediata el Madrid popular de finales del siglo XIX y comienzos del XX como el del organillo. Ese aire mecánico, repetitivo y entrañable acompasó durante décadas las verbenas, los bailes al aire libre y la vida cotidiana de barrios y plazas, hasta convertirse en uno de los símbolos sonoros más reconocibles del Madrid castizo.
Aunque hoy se asocie de manera casi automática a la capital, el organillo no nació en Madrid. Sus orígenes se encuentran en Europa, especialmente en Italia y Alemania, donde durante el siglo XVIII comenzaron a desarrollarse instrumentos mecánicos capaces de reproducir melodías sin necesidad de un intérprete profesional. Con el tiempo, estos mecanismos se perfeccionaron y dieron lugar a organillos portátiles, pensados para ser tocados en la calle.
La llegada del organillo a Madrid se produjo a finales del siglo XIX y estuvo muy ligada a la figura del constructor italiano Luis Apruzzese, considerado el gran impulsor del instrumento en España. Apruzzese se instaló en la capital y abrió su taller primero en la Costanilla de San Andrés y más tarde en la Carrera de San Francisco. Desde allí fabricó organillos adaptados al gusto local, con repertorios que incluían chotis, pasodobles, habaneras y fragmentos de zarzuela, contribuyendo decisivamente a su popularización entre los madrileños.
El instrumento, aparentemente sencillo, encierra una notable complejidad técnica. Se trata de una caja de madera, generalmente de nogal o pino, que contiene un mecanismo interno accionado mediante una manivela. Al girarla, un cilindro con púas pone en funcionamiento una serie de macillos o lengüetas que hacen vibrar cuerdas similares a las de un piano. Cada cilindro podía albergar varias melodías, lo que permitía al organillero cambiar de pieza y adaptar la música al ambiente del momento.
Pronto, el organillo se convirtió en el acompañamiento musical indispensable de las verbenas madrileñas. En fiestas como San Isidro o la Virgen de la Paloma, su sonido marcaba el ritmo de los bailes y animaba calles y plazas, mientras chulapos y chulapas giraban al compás del chotis. El organillero pasó a ser una figura habitual del paisaje urbano, un personaje popular que recorría los barrios llevando la música allí donde no llegaban las orquestas ni los teatros.

Durante décadas, el organillo fue también un instrumento profundamente ligado a la vida social del Madrid más humilde. Sonaba en patios de corrala, en tabernas, en celebraciones familiares y en fiestas improvisadas, formando parte de un universo sonoro hoy casi desaparecido. Su música no solo entretenía, sino que cohesionaba a la comunidad y daba identidad a una ciudad en plena transformación.
Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XX, el organillo comenzó a desaparecer progresivamente de las calles. El cierre de talleres especializados, como el de la familia Apruzzese tras la muerte de su último heredero en 1995, y los cambios en las formas de ocio urbano aceleraron su declive. También influyeron las restricciones administrativas y la pérdida de relevo generacional entre los organilleros.
A pesar de ello, el organillo no ha caído en el olvido. Hoy sigue presente, aunque de forma puntual, en fiestas tradicionales, recreaciones históricas y actos culturales que buscan recuperar el ambiente del Madrid antiguo. Su sonido continúa siendo un potente evocador de una ciudad que ya no existe, pero que sigue viva en la memoria colectiva.
Más allá de Madrid, el organillo forma parte de una tradición musical internacional. Existen variantes en numerosos países europeos y latinoamericanos, y la fabricación artesanal de órganos mecánicos ha sido reconocida como patrimonio cultural inmaterial, lo que ha contribuido a su conservación en otros lugares del mundo.
En Madrid, el organillo permanece como un símbolo entrañable del pasado castizo: un instrumento de origen extranjero que acabó integrándose de tal manera en la vida popular que hoy resulta imposible imaginar las verbenas tradicionales sin su inconfundible sonido. Una pequeña caja de madera capaz de contar, a golpe de manivela, la historia musical de la ciudad.
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Me sorprende lo del maestro Bretón como alentador de la introducción del organillo. El autor de La verbena de la Paloma sorprendió por poner música a este sainete lírico precisamente por no ser muy amigo de lo castizo y popular. Pero por la misma época, aquí en las ciudades y grandes poblaciones de Andalucía, también había organilleros. Y hasta principios de 1990 alguno existía. Yo los conocí en los 80, con el organillo tirado por un asno, tocando pasodobles, sobre todo. Lo que me llama la atención es el por qué se le designa aquí en España, organillo, cuando de órgano no tiene nada, y se trata de un piano de manubrio, hermano de la pianola, enriquecido con un sistema de campanillas lengüetas metálicas que dan esa sonoridad característica. De ahí la confusión con el verdadero organillo, que lleva un sistema de tubos y funciona con aire, invento alemán. Siempre entendí que los pianos de manubrio habían sido importados desde Italia por músicos callejeros, otros con arpas o cajas de música, que llegaron huyendo de la guerra italiana, mendigando por España con su música callejera. Y entre otros instrumentos, el piano de manubrio portátil, o de salón, portado sobre un carro y tirado por bestia, o a veces el pianista u organillero, o la chavalería que solía rondarle. Y no a todos gustaba el sonido del organillo. A principios del siglo XX, lo recoge la zarzuela El bateo en su coro de organilleros, salió en Madrid una ordenanza para regular le excesiva proliferación de organilleros en la ciudad. Las quejas y denuncias eran constantes, y cansaba el continuo sonsonete del instrumento por todas partes. Los organilleros formaban gremios que trabajaban, sin saber nada de música y reclutados de lo que se decía, lo más bajo de la ciudad, para unos señores, dueños de los instrumentos, y metidos en otros trabajos no tan honrados, formando verdaderas mafias, bastante peligrosas. Los organilleros marcaban su zona, por lo que las riñas, navajazos y escándalos eran diarios. A parte del miedo que ocasionaban a los vecinos, que si o si tenían que arrojarles su dinero correspondiente, bajo amenaza e intimidación de los organillero, que conocían muy bien a la vecindad y podían darles más de un susto desagradable. La ley imponía la prohibición de tocar pianos de manubrio en la vía púbica y parques, salvo verbenas, fiestas o ferias. Esto acabó con esa multitud de organilleros en Madrid, y por imitación, en otras ciudades. El tiempo relajó o acabó por olvidad esa ley y empezaron a volver, ahora pocos y vistos como algo típico, castizo, sobre todo en los años 40.
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Gracias por tu comentario Antonio, muy interesante.
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