La historia de la Gran Vía de Madrid no puede entenderse sin sus cines, teatros y salas de fiestas, auténticos templos del ocio que durante décadas marcaron el pulso cultural de la ciudad. Entre todos ellos, el Teatro-Cine Avenida y la sala Pasapoga ocuparon un lugar privilegiado, no solo por su ubicación estratégica, sino por el papel que desempeñaron en la vida social madrileña del siglo XX. Hoy desaparecidos como espacios culturales, ambos siguen vivos en la memoria colectiva como símbolos de una época irrepetible.

El Cine Avenida abrió sus puertas en 1928, cuando la Gran Vía aún estaba terminando de definirse como el gran escaparate moderno de Madrid. Diseñado por José Miguel de la Quadra Salcedo, el edificio fue concebido como un espacio monumental, acorde con la ambición de la avenida: una gran sala con más de mil seiscientas butacas, preparada tanto para proyecciones cinematográficas como para representaciones teatrales. Desde el primer momento se convirtió en uno de los cines más importantes de la capital, un lugar donde se estrenaban películas muy esperadas y donde el público acudía no solo a ver cine, sino a “vivir” la experiencia social que implicaba bajar a la Gran Vía.
Durante décadas, el Avenida fue testigo de la evolución del espectáculo cinematográfico. Pasó del cine mudo al sonoro, incorporó avances técnicos como el cinemascope o el cine en tres dimensiones y se adaptó, no sin dificultades, a los cambios de gusto del público. Como tantos otros grandes cines del centro, sufrió el impacto de la crisis del sector a finales del siglo XX, cuando las multisalas de los centros comerciales y el cambio de hábitos de consumo comenzaron a vaciar las grandes salas históricas. Aun así, el Avenida resistió más que muchos otros, intentando reinventarse con reformas internas y nuevos formatos.

Bajo ese gran cine, casi oculto a la vista del transeúnte, latía otro de los espacios más legendarios del ocio madrileño: la sala Pasapoga. Inaugurada en 1942, en plena posguerra, Pasapoga fue desde el principio un lugar fuera del tiempo. Mientras la España de la época vivía entre restricciones y penurias, la sala ofrecía una imagen de lujo, música y sofisticación que contrastaba radicalmente con la realidad exterior. Su nombre, formado por las iniciales de sus propietarios, acabaría siendo sinónimo de glamour nocturno.
Pasapoga no era solo una sala de fiestas, era un escenario donde se representaba una idea de modernidad y evasión. Su cuidada decoración, con frescos, espejos y una planta en forma de herradura, creaba un ambiente exclusivo que atrajo a artistas, aristócratas, políticos y curiosos deseosos de asomarse a un mundo más brillante. Por su escenario pasaron cantantes y músicos de primer nivel, y su pista de baile fue durante años punto de encuentro de la alta sociedad madrileña. En una ciudad gris, Pasapoga ofrecía color, música y una cierta sensación de libertad.

Con el paso del tiempo, la sala supo adaptarse a los cambios culturales. En las últimas décadas del siglo XX, Pasapoga se transformó en discoteca y se integró en la vida nocturna contemporánea de Madrid, convirtiéndose en un referente especialmente importante dentro del ambiente gay de la ciudad. Esa capacidad de reinventarse prolongó su vida durante algunos años más, pero no fue suficiente para frenar un proceso que ya afectaba a todo el edificio.
El cierre definitivo llegó a comienzos del siglo XXI. Primero desapareció Pasapoga, y poco después el Cine Avenida bajó el telón de forma irreversible. En 2007 se autorizó el cambio de uso del inmueble, y lo que durante casi ochenta años había sido un espacio dedicado al espectáculo y la cultura se transformó en un gran local comercial. Aunque la fachada se conservó, el interior fue completamente vaciado, borrando casi todo rastro físico de su pasado como cine y sala de fiestas.

La historia del Teatro-Cine Avenida y de Pasapoga es, en el fondo, la historia de la propia Gran Vía. Una historia de esplendor cultural, de transformación constante y, finalmente, de pérdida. Donde antes había colas para un estreno o noches de música y baile, hoy hay escaparates y consumo rápido. Sin embargo, el recuerdo de estos lugares sigue formando parte del imaginario madrileño, como símbolos de una ciudad que supo divertirse, soñar y reunirse en torno al espectáculo.
Hablar del Avenida y de Pasapoga no es solo mirar al pasado con nostalgia, sino reflexionar sobre cómo cambian las ciudades y qué se pierde cuando desaparecen espacios que fueron mucho más que edificios: fueron escenarios de vida.
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