Cuando estalló la Guerra Civil Española en julio de 1936, Madrid se convirtió rápidamente en uno de los principales escenarios del conflicto. La capital fue bombardeada de forma sistemática durante meses, y sus habitantes se vieron obligados a reinventar la vida cotidiana en una ciudad sitiada. En ese contexto extremo, una infraestructura pensada para el transporte urbano adquirió una función inesperada y vital: el Metro de Madrid pasó a ser refugio, hospital improvisado, vía logística y símbolo de resistencia civil.
A mediados de la década de 1930, la red del Metro madrileño aún era reducida pero ya esencial para la ciudad. Contaba con las líneas 1 y 2, además del ramal entre Ópera y la Estación del Norte, conectando algunos de los principales barrios de la capital. Nadie podía imaginar que, apenas un año después, aquellos túneles se transformarían en uno de los espacios más seguros de la ciudad frente a la guerra moderna.

Desde el verano de 1936, los bombardeos aéreos se hicieron frecuentes. Ante la amenaza constante, las autoridades republicanas tomaron una decisión excepcional: mantener abiertas las estaciones del Metro durante la noche para que la población pudiera refugiarse bajo tierra. Cada alarma antiaérea provocaba escenas repetidas durante meses: miles de madrileños descendiendo apresuradamente a los andenes, cargados con mantas, alimentos y lo poco que podían salvar de sus hogares. Familias enteras pasaban horas —y en ocasiones noches enteras— en estaciones abarrotadas, iluminadas tenuemente, donde el murmullo de la gente se mezclaba con el sonido lejano de las explosiones.
El Metro se convirtió así en un refugio antiaéreo improvisado. Su profundidad y la solidez de sus túneles ofrecían una protección relativa frente a las bombas, y para muchos ciudadanos era el único lugar donde sentirse a salvo. Las estaciones dejaron de ser simples puntos de paso para transformarse en espacios de convivencia forzada, miedo compartido y supervivencia cotidiana.

A pesar del conflicto, la ciudad no se detuvo por completo. De hecho, en agosto de 1936 se inauguró la línea 3 entre Sol y Embajadores, con parada en Lavapiés. Fue una apertura discreta, casi silenciosa, sin celebraciones ni propaganda, pero profundamente simbólica: incluso en plena guerra, Madrid seguía creciendo bajo tierra. Esta ampliación respondía tanto a necesidades de transporte como a razones estratégicas, al facilitar desplazamientos protegidos en una ciudad cada vez más peligrosa en superficie.
La red subterránea también fue utilizada con fines sanitarios y militares. Algunas estaciones y tramos cerrados al público se transformaron en puestos de socorro, hospitales de emergencia y almacenes. En determinados puntos, los túneles sirvieron para el traslado de heridos e incluso de fallecidos, aprovechando la discreción y seguridad que ofrecía el subsuelo. El Metro dejó de ser solo un servicio público para convertirse en una infraestructura clave en la retaguardia republicana.
Sin embargo, este uso bélico también tuvo consecuencias trágicas. En enero de 1938, una violenta explosión sacudió la estación de Lista, donde se había instalado un taller de carga de proyectiles de artillería. La detonación fue tan potente que destrozó el interior de la estación, levantó el pavimento de la calle y causó graves daños en edificios cercanos. La onda expansiva se sintió en amplias zonas del este de la ciudad y provocó decenas de víctimas. Aquel suceso obligó a cerrar temporalmente parte de la línea 2 y dejó una profunda huella en la memoria urbana de Madrid.
La guerra también se reflejó en los nombres y símbolos del Metro. Algunas estaciones cambiaron su denominación por motivos ideológicos, sustituyendo referencias religiosas o monárquicas por nombres vinculados a la República o a figuras culturales. Estos cambios, más allá de su función práctica, evidenciaban que la batalla también se libraba en el terreno simbólico, incluso bajo tierra.
Cuando la guerra terminó en abril de 1939, el Metro emergió como una infraestructura agotada pero fundamental. Había soportado bombardeos, explosiones, usos para los que nunca fue diseñado y un desgaste constante. Aun así, fue uno de los primeros servicios en normalizarse tras el conflicto, convirtiéndose en una pieza clave para la reconstrucción de la ciudad. Durante la posguerra, se emprendieron trabajos de reparación y modernización que marcarían el inicio de una nueva etapa en la historia del suburbano madrileño.
Hoy, cuando millones de viajeros utilizan a diario el Metro de Madrid, pocos recuerdan que esos mismos túneles fueron, durante uno de los periodos más oscuros del siglo XX, refugio frente a las bombas y escenario silencioso de la lucha por sobrevivir. Bajo las calles de la capital quedó enterrada una historia de miedo, resistencia y vida cotidiana que forma parte inseparable de la memoria de la ciudad.
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Triste. Por suerte Madrid fué liberado del terror comunista en el 39, aunque luego comenzó otra etapa que, aunque próspera y con grandes libertades personales, no gozana de libertad política: la famosa dictablanda de Frano.
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