En el Madrid del Siglo de Oro, cuando la ciudad era una colmena de versos, intrigas y representaciones teatrales, existían lugares destinados al arte de la palabra hablada y del rumor compartido: los mentideros. Eran espacios públicos donde la información circulaba de boca en boca y donde cada grupo social encontraba su foro natural. Entre todos ellos, el Mentidero de Representantes, situado en el actual Barrio de las Letras, destacó por convertirse en el corazón palpitante de la vida teatral madrileña.
Madrid contaba entonces con varios mentideros bien definidos. En las losas del Palacio Real se comentaban los asuntos de Estado y los vaivenes del poder; en las gradas del convento de San Felipe el Real, junto a la calle Mayor, se difundían noticias llegadas de fuera de la villa gracias a la cercanía del correo de postas. El tercero, más bullicioso y colorido, era el de los cómicos o representantes, dedicado por entero al mundo del espectáculo. Este último se encontraba en la calle del León, en su encuentro con la calle del Prado, formando una pequeña plazoleta enlosada, sombreada por acacias, que hoy ha desaparecido como tal, pero no de la memoria histórica de la ciudad.

El Mentidero de Representantes funcionaba como un auténtico centro de intercambio profesional y social. Cada mañana, entre las diez y la una, acudían actores en busca de trabajo, dramaturgos que ofrecían comedias, arrendatarios de corrales, empresarios teatrales y simples aficionados deseosos de estar al tanto de las últimas novedades. Allí se hablaba de estrenos, de fracasos sonoros, de compañías en decadencia y de actores en alza. Se negociaban contratos, se cerraban acuerdos verbales y se medía la temperatura del público antes incluso de que una obra subiera a escena. En muchos sentidos, aquel rincón cumplía la función de una red social y laboral avant la lettre.
Pero el mentidero no era solo un espacio profesional. El cotilleo —a menudo malicioso— formaba parte esencial de su razón de ser. Los amoríos, rivalidades y escándalos del mundo teatral eran diseccionados con igual pasión que los méritos artísticos. La vida privada de actores y actrices, tan expuesta entonces como ahora, alimentaba conversaciones interminables y no pocas sátiras literarias. No es casual que autores como Quevedo o Lope de Vega aludieran reiteradamente a este lugar en sus escritos, conscientes de que allí se cocía buena parte del pulso cultural de la ciudad.

La ubicación del mentidero reforzaba su importancia simbólica. El Barrio de las Letras concentraba viviendas, conventos y espacios vinculados a las grandes figuras de la literatura española. Muy cerca vivió y murió Miguel de Cervantes, cuya casa tenía ventanas al propio mentidero, y no lejos residía Lope de Vega, el “Fénix de los Ingenios”. El trasiego de poetas, actores y escritores se intensificaba especialmente después de oír misa, en particular en el convento de las Trinitarias, donde profesaba sor Marcela de San Félix, hija natural de Lope, y donde también estuvo vinculada la familia de Cervantes. Tras las devociones matinales, el camino natural conducía al mentidero, donde comenzaba la verdadera liturgia profana del día.
La cercanía de los corrales de comedias del Príncipe y de la Cruz, los principales escenarios del Madrid barroco, hacía del Mentidero de Representantes un espacio estratégico. Todo lo que allí se decía podía influir en el destino de una obra o en la reputación de un actor. El barrio entero respiraba teatro: desde la iglesia de San Sebastián, vinculada a la cofradía de actores, hasta las tabernas y calles donde se prolongaban las discusiones iniciadas en el mentidero.

Con el paso del tiempo y las transformaciones urbanas del siglo XIX, los mentideros desaparecieron como lugares físicos y como forma de sociabilidad. Sin embargo, su espíritu no se perdió del todo. Las tertulias de cafés, los corrillos en torno a los teatros y, hoy en día, los debates culturales en otros formatos heredaron aquella tradición de encuentro, crítica y conversación. En la calle del León, una placa recuerda aún que allí estuvo el Mentidero de Representantes, testigo privilegiado de una época en la que Madrid vivía el teatro no solo en los escenarios, sino también en la calle.
Caminar hoy por el Barrio de las Letras es recorrer un espacio donde la palabra fue protagonista absoluta. Y entre todas esas huellas, la del Mentidero de Representantes destaca como símbolo de una ciudad que hizo del diálogo, del arte y del rumor una forma de vida.
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