Durante décadas, el Cine Covadonga formó parte del paisaje cotidiano del barrio de Prosperidad. Situado en la calle López de Hoyos, fue uno de esos cines de barrio que no necesitaban grandes carteles luminosos ni estrenos rimbombantes para ganarse la fidelidad de sus espectadores. Bastaba con abrir sus puertas cada día y ofrecer cine, sin más artificios, para convertirse en un lugar querido y recordado por generaciones de vecinos.
El Covadonga abrió sus puertas a comienzos de la década de 1950, en una época en la que Madrid vivía un auténtico auge de salas cinematográficas repartidas por todos los barrios. No era un cine monumental como los de la Gran Vía, pero su arquitectura tenía personalidad propia. Su característica torre esquinera y su fachada sobria lo hacían fácilmente reconocible, integrándose con naturalidad en el entramado urbano de la zona. En su interior, cerca de quinientas butacas acogían a un público fiel que acudía tanto por entretenimiento como por costumbre.

Como muchos cines de barrio, el Covadonga funcionó durante años con el formato de sesión continua, una modalidad que permitía entrar a cualquier hora y quedarse el tiempo que uno quisiera. Aquello lo convertía en un refugio perfecto en tardes interminables, días de frío o momentos de ocio improvisado. Para muchos vecinos, ir al Covadonga no era solo ver una película, sino formar parte de un ritual compartido.
Uno de los capítulos más singulares de su historia llegó en la década de 1970, cuando el cine se convirtió temporalmente en sede de la Filmoteca Nacional. Entre 1975 y 1978, el Covadonga acogió proyecciones vinculadas a la preservación del patrimonio cinematográfico, desempeñando un papel inesperado pero fundamental en la difusión del cine clásico y de autor. Aquella etapa otorgó al local un prestigio especial y lo conectó con un público más cinéfilo, más allá del ámbito estrictamente vecinal.

Sin embargo, el paso del tiempo no fue benigno. A partir de los años ochenta, el cine comenzó a sufrir los mismos problemas que tantas otras salas tradicionales: la competencia de los multicines, los cambios en los hábitos de consumo cultural y la dificultad para modernizar unas instalaciones pensadas para otra época. Se barajaron proyectos de reconversión en varias salas más pequeñas, pero los permisos nunca llegaron y el deterioro fue inevitable.
Finalmente, el Cine Covadonga cerró sus puertas en 1989. El edificio quedó abandonado, con sus butacas, su pantalla y sus recuerdos atrapados en un silencio que contrastaba con décadas de bullicio. Durante un tiempo, el inmueble permaneció cerrado, convertido en una sombra de lo que había sido, hasta que un suceso trágico marcó su desaparición definitiva.

En la madrugada de 1991, un incendio devastador arrasó por completo el antiguo cine. El fuego se declaró de forma repentina y se propagó con rapidez por el interior del edificio, obligando a intervenir a varias dotaciones de bomberos. Las llamas consumieron el patio de butacas y buena parte de la estructura, y el humo obligó a cortar el tráfico en la zona. Aunque no hubo víctimas, el Covadonga quedó irrecuperable.
Lo más inquietante del suceso fue que nunca se esclarecieron del todo las causas del incendio. El edificio llevaba tiempo cerrado, sin suministro eléctrico ni actividad aparente, lo que alimentó durante años las especulaciones sobre su origen. Aquel fuego no solo destruyó un inmueble, sino que puso punto final a una parte de la memoria cultural del barrio.
Tras el incendio, el solar fue finalmente ocupado por un nuevo edificio. Hoy, nada indica de forma evidente que allí existió un cine, salvo el recuerdo persistente de quienes lo conocieron. Fotografías antiguas, testimonios y grupos de memoria en redes sociales mantienen viva la historia del Covadonga, compartiendo anécdotas, recuerdos de infancia y tardes interminables de cine.
El Cine Covadonga es hoy un símbolo más de un Madrid que ya no existe, el de los cines de barrio como centros de encuentro social y cultural. Su desaparición resume el destino de muchas salas que, lejos de la espectacularidad de los grandes templos del cine, fueron esenciales para llevar la magia de la pantalla grande a la vida cotidiana de miles de madrileños. Y aunque el fuego borró sus muros, su recuerdo sigue proyectándose, como una película antigua, en la memoria colectiva de la ciudad.
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Hola, sobre el cine Covadonga, yo viví esa época y lo echo de menos, me gustaría encontrar un sitio así, porque era mágico.
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En Madrid cada vez hay menos cines con encanto, pero te recomiendo el Cine Doré, es la Filmoteca y es todo un tesoro. https://gatopormadrid.com/2017/01/07/el-cine-dore/
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