Doña Laura era la joven esposa de un consejero de Estado que poseía el señorío de un pueblo al sur de Madrid. Ambos vivían en un palacete de la calle de San Justo por el año 1650. El marido de doña Laura viajaba con frecuencia a su señorío para atender sus fincas pasando la mujer largas jornadas de aburrimiento en casa.

Una noche, tras una fiesta en el Alcázar, doña Laura llegó a su mansión acompañada por un misterioso personaje que llevaba la cara tapada con una capa. Aquello fue el inicio de una serie de encuentros secretos.

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Los mentideros empezaron a susurrar y sostenían que doña Laura mantenía una relación prohibida. Las habladurías llegaron hasta el alcalde de la Casa y Corte, don Ramiro de Vozmediano. Don Ramiro tomó cartas en el asunto y decidió investigar a fondo este asunto. Acompañado por un escribano y cuatro agentes, el alcalde esperó a que llegara el misterioso personaje del que había escuchado hablar en los mentideros, y minutos más tarde llamó a la puerta, primero con suavidad y, ante falta de respuesta, con insistencia.

Finalmente bajó a abrir la propia doña Laura, muy gentil como siempre, preguntando:

– ¿En qué puedo servirle, don Ramiro?

– Doña Laura, tenemos noticias de que un desconocido se oculta en vuestra casa.

– Qué raro, pues en mi casa no hay nadie más que yo. Pero… si no me creéis, pasad y comprobadlo vos mismo.

A continuación, el alcalde y sus acompañantes entraron e inspeccionaron hasta el último rincón de la casa. Miraron hasta en los armarios e incluso debajo de la cama, sin hallar a nadie. Finalmente, don Ramiro reparó en que la cortina de la alcoba estaba corrida y preguntó:

– ¿Qué hay tras esa cortina?

– Pues… hombre, don Ramiro, ya que me preguntáis, debo haceros una seria advertencia. Detrás de la cortina tengo un cuadro de su majestad el rey, tan veraz y tan real que todos lo que lo han visto se han llevado una fuerte impresión. Por ello os prevengo, no sea que a vos os pase lo mismo.

El alcalde, incapaz de entender las segundas intenciones, descorrió la cortina, y se llevó un buen susto al ver al mismísimo Felipe IV en paños menores. Entonces, recuperando el aliento, acertó a decir:

– Caramba, doña Laura, cuánta razón teníais. Es el mejor retrato que he visto de su real persona, a quien Dios guarde, tan bien pintado que parece de verdad. Y bueno, como yo no he visto a nadie en esta casa, me marcho por donde he venido. ¡Que tengáis buena velada, doña Laura!.


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