Si hay una imagen que identifica a Madrid dentro y fuera de España, es la de un oso erguido apoyando sus patas en el tronco de un árbol para alcanzar sus frutos. La encontramos en el escudo municipal, en numerosas calles y edificios y, por supuesto, en la popular estatua de la Puerta del Sol, donde miles de personas se fotografían cada día. Sin embargo, detrás de este símbolo tan familiar se esconde una historia medieval en la que se mezclan la naturaleza, las disputas por los terrenos y la evolución de la propia ciudad.

Aunque hoy conocemos el conjunto como el Oso y el Madroño, sus dos elementos no siempre aparecieron unidos tal y como los vemos actualmente. El oso ya figuraba en las antiguas armas de Madrid, mientras que el árbol se incorporó posteriormente, en un proceso que la tradición relaciona con un conflicto entre el concejo madrileño y la Iglesia. Para comprender cómo llegaron a convertirse en la imagen de la capital, debemos viajar varios siglos atrás, cuando Madrid todavía era una villa rodeada de campos, montes y zonas boscosas.
En aquella época, el paisaje madrileño era muy distinto al actual. La población se encontraba rodeada de terrenos naturales donde abundaban los árboles, los pastos y la fauna silvestre. Entre los animales que habitaban los montes de la región se encontraban los osos, cuya presencia ha quedado reflejada en las antiguas representaciones heráldicas de la Villa. El animal, por su fuerza y su aspecto reconocible, constituía una figura apropiada para representar a una comunidad que comenzaba a consolidar su identidad.
La tradición relaciona las antiguas armas madrileñas con el reinado de Alfonso VIII y con la participación de la Villa en la batalla de las Navas de Tolosa, librada en 1212. En las primeras representaciones aparecía un oso u osa acompañado de siete estrellas, un motivo que con el tiempo quedó asociado a la imagen de Madrid. No obstante, conviene distinguir las referencias históricas de las interpretaciones legendarias que se han transmitido a lo largo de los siglos: algunos detalles del origen del emblema siguen sin estar completamente aclarados.

La explicación más extendida sobre la incorporación del árbol nos lleva a una disputa medieval entre la Villa de Madrid y el Cabildo de clérigos. El conflicto estaba relacionado con el aprovechamiento de los terrenos cercanos, especialmente los pastos y las arboledas, recursos esenciales en una sociedad en la que la ganadería, la agricultura y el uso del monte desempeñaban un papel fundamental.
Según la tradición, el acuerdo alcanzado en 1222 repartió esos derechos entre ambas instituciones. La Iglesia obtuvo el aprovechamiento de los pastos, mientras que la Villa conservó los árboles y determinados derechos sobre los recursos del monte. Esta distribución habría quedado reflejada en sus respectivos emblemas: el Cabildo mantuvo el oso pasante, mientras que el concejo madrileño adoptó la figura del animal erguido junto a un árbol.
De esta manera, el oso y el árbol quedaron unidos en una imagen que no solo evocaba el paisaje de los alrededores de Madrid, sino que también representaba los derechos de la Villa frente a otras instituciones. El escudo se convirtió en una forma de expresar la identidad de la comunidad y de dejar constancia de una disputa por el control de los recursos naturales. A pesar de ello, existe una cuestión que sigue despertando curiosidad: ¿por qué se eligió precisamente un madroño?
El madroño, cuyo nombre científico es Arbutus unedo, es un arbusto o pequeño árbol de hoja perenne propio de la región mediterránea. Sus hojas son verdes y brillantes, sus flores tienen forma de pequeñas campanillas y sus frutos adquieren un intenso color rojizo cuando maduran. Es una especie presente en distintas zonas de la península ibérica y forma parte de la vegetación de los montes mediterráneos.
Una de sus características más llamativas es que puede mostrar flores y frutos al mismo tiempo. Las bayas, que tardan en madurar, contrastan con el verde de las hojas y ofrecen una imagen muy reconocible. Aunque son comestibles, contienen pequeñas cantidades de alcohol que pueden aumentar a medida que maduran, por lo que conviene consumirlas con moderación. Además, sus frutos sirven de alimento a distintas especies de aves y otros animales, lo que convierte al madroño en una planta de interés ecológico.
Pese a que suele afirmarse que el madroño fue elegido por su abundancia en los alrededores de Madrid, no existe una prueba concluyente que permita asegurarlo. Tampoco está demostrado que el nombre de la ciudad proceda de la palabra «madroño», una asociación popular que resulta sugerente, pero que no constituye una explicación etimológica definitiva. El origen exacto de la elección del árbol continúa siendo una de las incógnitas que rodean al símbolo madrileño.
Con el paso de los siglos, el oso y el madroño se consolidaron como parte de la identidad visual de Madrid. El escudo experimentó distintas modificaciones a lo largo de su historia, adaptándose a los cambios políticos e institucionales, pero la figura del animal junto al árbol permaneció como uno de sus elementos más reconocibles. En el siglo XIX, las modificaciones de la composición heráldica municipal mantuvieron este emblema, que progresivamente dejó de estar ligado únicamente a los documentos oficiales para extenderse por el paisaje urbano.
El símbolo terminó dando el salto del escudo a las calles con la instalación de una escultura monumental en la Puerta del Sol. La obra fue realizada por el escultor Antonio Navarro Santafé y se inauguró en enero de 1967. Fundida en bronce y colocada sobre un pedestal de piedra, representa al animal erguido, apoyando sus patas en el tronco del madroño para alcanzar sus frutos. Con sus aproximadamente cuatro metros y medio de altura, la escultura convirtió el emblema histórico en una presencia física en uno de los espacios más transitados de la capital.

La elección de la Puerta del Sol contribuyó decisivamente a su popularidad. La plaza era ya uno de los principales centros de la vida madrileña, un lugar de paso y de encuentro para vecinos y visitantes. Desde la inauguración del monumento, quedar junto al oso y el madroño se convirtió en una costumbre y hacerse una fotografía con la escultura pasó a formar parte de la experiencia de quienes visitaban Madrid.
Aunque hoy parezca inseparable de la plaza, el monumento también ha cambiado de ubicación. Tras las reformas urbanísticas de la Puerta del Sol, en 1986 fue trasladado al comienzo de la calle del Carmen. En septiembre de 2009 regresó a las inmediaciones de su emplazamiento original, en el entorno de la calle de Alcalá. Las remodelaciones posteriores de la plaza modificaron su posición y orientación, pero no alteraron su condición de icono madrileño.
La estatua también ha alimentado algunas curiosidades. Una de las preguntas que reaparece de vez en cuando es si el animal representado es un oso o una osa. La denominación tradicional ha sido siempre «el Oso y el Madroño», aunque algunas interpretaciones han planteado que podría tratarse de una osa, en ocasiones relacionando esa posibilidad con las siete estrellas del antiguo emblema y la constelación de la Osa Mayor. Estas lecturas han alimentado el debate, pero no existe un consenso que permita sustituir la denominación histórica. La documentación sobre las antiguas armas de Madrid recoge, de hecho, referencias tanto al oso como a la osa.
Hoy, el Oso y el Madroño es mucho más que un elemento heráldico. Su imagen aparece en señales, placas, recuerdos turísticos y distintos elementos de la vida cotidiana, y se ha convertido en una referencia inmediata para identificar la ciudad. La escultura de la Puerta del Sol ha reforzado ese vínculo al transformar un símbolo medieval en un punto de encuentro familiar para generaciones de madrileños.
La historia del oso y el madroño es, en definitiva, la historia de cómo una ciudad convierte su pasado en una imagen compartida. El animal recuerda la fauna que habitaba los montes de la región; el árbol evoca la vegetación y los recursos naturales del territorio; y la unión de ambos conserva la memoria de una disputa medieval por el aprovechamiento de los pastos y las arboledas. Con el paso del tiempo, aquel emblema pasó de representar los derechos de la Villa a convertirse en una de las señas de identidad más queridas de Madrid.
Cada día, numerosos visitantes se fotografían junto al monumento sin conocer necesariamente su origen. Pero detrás de esa escena cotidiana se esconde una historia que comenzó hace siglos, cuando Madrid era todavía una villa rodeada de naturaleza y sus autoridades necesitaban distinguir sus derechos y su identidad mediante símbolos reconocibles. El oso y el madroño han sobrevivido a transformaciones políticas, cambios urbanísticos y remodelaciones de la ciudad, y continúan recordando la estrecha relación entre la historia, el paisaje y la memoria de Madrid.
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