Hoy cuesta imaginarlo, pero durante casi dos décadas la Plaza del Emperador Carlos V —la glorieta de Atocha de toda la vida— estuvo coronada por una imponente estructura elevada de hormigón por la que circulaban miles de coches cada día. Era el conocido como Scalextric de Atocha, una solución tan espectacular como polémica que marcó una época en la historia urbana de Madrid.

En los años sesenta, la capital vivía una transformación acelerada. El coche se había convertido en símbolo de progreso y modernidad, y las infraestructuras existentes no daban abasto para absorber el crecimiento del tráfico. Atocha era uno de los puntos más conflictivos: un lugar donde confluían grandes ejes como el paseo del Prado, la Ronda de Atocha, la avenida Ciudad de Barcelona y Santa María de la Cabeza, además del intenso movimiento generado por la estación ferroviaria.
La respuesta fue una obra ambiciosa, muy propia del urbanismo del momento. El 16 de mayo de 1968 se inauguró el paso elevado que rodeaba la glorieta, un entramado de rampas, curvas y niveles superpuestos que recordaba inevitablemente al popular juego de coches eléctricos. El apodo de Scalextric no tardó en imponerse entre los madrileños.

La estructura permitía que los vehículos atravesaran la plaza sin detenerse, elevándose por encima del tráfico que seguía circulando a nivel del suelo. En total, el conjunto superaba el kilómetro de longitud y se articulaba en varios niveles, convirtiéndose en una de las infraestructuras viarias más llamativas del Madrid del desarrollismo. Durante un tiempo, cumplió su función: agilizar el tráfico y evitar los constantes atascos que colapsaban la zona.
Sin embargo, el impacto visual y urbano fue enorme. El scalextric oscurecía la plaza, ocultaba edificios históricos y transformaba el espacio público en un lugar hostil para el peatón. La glorieta dejó de ser una plaza para convertirse en un nudo de circulación dominado por el ruido, los humos y el hormigón. La fuente de la Alcachofa, uno de sus elementos más reconocibles, fue desplazada y relegada a un segundo plano.

Con el paso de los años, la percepción de la ciudad empezó a cambiar. A finales de los setenta y comienzos de los ochenta, el modelo de ciudad centrado exclusivamente en el automóvil comenzó a cuestionarse. El Scalextric de Atocha, que había nacido como símbolo de modernidad, pasó a verse como un error urbanístico y un obstáculo para la recuperación del espacio urbano.
En 1985 comenzaron los trabajos de desmontaje, que culminaron en 1986. Apenas diecisiete años después de su inauguración, la estructura desaparecía del paisaje madrileño. La plaza recuperó su espacio abierto, se reorganizó el tráfico mediante pasos subterráneos y rotondas semaforizadas, y la fuente de la Alcachofa volvió a ocupar un lugar protagonista.

Hoy, el Scalextric de Atocha sobrevive únicamente en fotografías, vídeos de archivo y en la memoria de quienes lo vieron en funcionamiento. Es recordado como un ejemplo claro de una época en la que la ciudad se adaptaba al coche sin demasiadas concesiones al peatón ni al paisaje urbano. Su desaparición simboliza también el cambio de mentalidad hacia un Madrid más habitable, donde el espacio público vuelve a ser para las personas.

Más que una simple carretera elevada, el Scalextric de Atocha fue un capítulo clave en la historia reciente de Madrid: efímero, polémico y profundamente revelador de cómo la ciudad ha ido redefiniéndose a lo largo del tiempo.
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