Durante décadas, el silueteado de ladrillo rojo de la Fábrica de cerveza El Águila formó parte del paisaje cotidiano del sur de Madrid. Hoy, rehabilitada y convertida en un gran centro cultural, este antiguo complejo cervecero sigue siendo uno de los mejores ejemplos de cómo la ciudad ha sabido transformar su pasado industrial en un espacio dedicado al conocimiento, la memoria y la creación cultural.

La historia de El Águila comienza a finales del siglo XIX, en un momento en el que Madrid empezaba a industrializarse y a mirar hacia Europa. En 1900 se constituyó la sociedad cervecera que daría nombre a la fábrica, impulsada por el empresario Augusto Comas y Blanco. Poco después, en 1903, la cerveza El Águila comenzó a comercializarse, convirtiéndose en una de las primeras marcas modernas en un país donde el vino seguía siendo la bebida predominante. El éxito del producto hizo necesaria la construcción de una gran factoría que centralizara la producción.
El emplazamiento elegido fue el barrio de Delicias, en el actual distrito de Arganzuela, una zona estratégica por su cercanía a las líneas ferroviarias. Entre 1912 y 1914 se levantó el edificio principal en la calle General Lacy, concebido no solo como una fábrica eficiente, sino también como un símbolo de modernidad. Su arquitectura, de marcado estilo neomudéjar, utiliza el ladrillo visto como elemento protagonista y combina funcionalidad industrial con una cuidada estética, algo poco habitual en las instalaciones fabriles de la época.
A lo largo de las décadas siguientes, el complejo fue creciendo y adaptándose a las nuevas necesidades productivas. Se añadieron bodegas, silos, cocheras y dependencias técnicas, muchas de ellas proyectadas por el arquitecto Luis Sainz de los Terreros. La fábrica llegó a ser una de las más importantes de España y dio empleo a cientos de trabajadores, convirtiéndose en un auténtico motor económico y social del barrio. Como reflejo de su tiempo, también vivió conflictos laborales y etapas de inestabilidad, especialmente durante los años de la Segunda República y la Guerra Civil.
La segunda mitad del siglo XX marcó el inicio de su declive. Los cambios en los sistemas de producción, la reorganización empresarial y la concentración del sector cervecero hicieron que la fábrica de General Lacy perdiera protagonismo. Finalmente, en 1985 cesó su actividad industrial, dejando tras de sí un enorme conjunto arquitectónico cargado de historia, pero condenado durante un tiempo al abandono.
El destino de El Águila cambió en la década de los noventa, cuando la Comunidad de Madrid adquirió el complejo con la intención de darle un nuevo uso público. El proyecto de rehabilitación, firmado por los arquitectos Emilio Tuñón y Luis Moreno Mansilla, apostó por conservar la esencia industrial del edificio y adaptarlo a nuevas funciones culturales. Entre 1997 y 2003, la antigua fábrica se transformó en el actual Complejo Cultural El Águila, respetando sus volúmenes originales y poniendo en valor sus espacios más emblemáticos.

Hoy, donde antes se elaboraba cerveza, se conservan y difunden miles de documentos, libros y obras que forman parte del patrimonio madrileño. El complejo alberga la Biblioteca Regional Joaquín Leguina, el Archivo Regional de la Comunidad de Madrid y el Archivo Histórico Provincial, además de salas de exposiciones y espacios para actividades culturales. La convivencia entre la arquitectura industrial y estos nuevos usos convierte la visita en una experiencia que conecta pasado y presente de forma natural.
La reciente declaración del conjunto como Bien de Interés Cultural ha venido a reconocer oficialmente su valor histórico, arquitectónico y social. Más allá de su protección legal, esta distinción subraya la importancia de la Fábrica El Águila como testimonio de la industrialización madrileña y como ejemplo de reutilización inteligente del patrimonio.
Pasear hoy por El Águila es recorrer más de un siglo de historia urbana: desde la ambición industrial de principios del XX hasta la apuesta contemporánea por la cultura y la memoria. Un lugar que ya no produce cerveza, pero que sigue alimentando el espíritu cultural de Madrid.
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