Quien pasea por la Puerta del Sol difícilmente puede ignorar el incesante ir y venir de gente frente al número 8. Entre escaparates luminosos y el bullicio constante del centro de Madrid, La Mallorquina resiste como un auténtico icono de la ciudad. Desde 1894, esta histórica pastelería forma parte inseparable de la vida madrileña y de su memoria gastronómica, convirtiéndose en un lugar donde tradición, historia y sabor se dan la mano.
Aunque hoy su nombre se asocia de manera casi automática a la Puerta del Sol, los orígenes de La Mallorquina se remontan a finales del siglo XIX en la calle Jacometrezo. Sus fundadores, de origen balear, trasladaron posteriormente el negocio a la recién reformada Sol, un enclave que comenzaba a consolidarse como epicentro comercial y social de la capital. El nombre del establecimiento es un guiño a esas raíces mallorquinas que aún hoy se reflejan en algunos de sus productos más emblemáticos.

A lo largo de más de un siglo, La Mallorquina ha sido testigo de la transformación de Madrid: cambios urbanísticos, acontecimientos históricos, modas y generaciones enteras que han pasado por su mostrador. Su salón de té, situado en la planta superior, fue durante décadas un lugar de encuentro para la burguesía madrileña y para quienes buscaban una pausa elegante en pleno centro. Desde allí, con vistas privilegiadas a la Puerta del Sol, se podía observar el pulso de la ciudad mientras se disfrutaba de un café o un chocolate caliente.
La fama de La Mallorquina no se explica solo por su historia, sino también por la calidad y popularidad de sus productos. Sus napolitanas de crema o chocolate, reconocibles por su tamaño generoso y su hojaldre crujiente, son probablemente las más célebres de Madrid y un clásico para locales y turistas. Junto a ellas destacan las ensaimadas, herencia directa de sus raíces baleares, así como una amplia variedad de bollería, pasteles, trufas y dulces tradicionales que varían según la temporada. En fechas señaladas como la Navidad, su escaparate se llena de turrones, roscones y especialidades festivas que refuerzan su papel en las celebraciones madrileñas.

Lejos de quedarse anclada en el pasado, La Mallorquina ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos. En las últimas décadas ha ampliado su presencia con otros establecimientos en distintos puntos de Madrid, manteniendo siempre la esencia artesanal y la imagen clásica que la caracteriza. Además, ha incorporado servicios como el catering y la venta online, acercando sus productos a un público más amplio sin renunciar a la calidad que la ha hecho famosa.
Hoy, entrar en La Mallorquina es mucho más que comprar un dulce. Es participar de una tradición centenaria, observar cómo conviven turistas curiosos y madrileños de toda la vida, y comprobar que algunos lugares consiguen mantenerse vigentes sin perder su alma. En una ciudad en constante cambio, La Mallorquina sigue siendo un punto de referencia, un lugar donde Madrid se reconoce a sí mismo entre aromas de hojaldre, crema y café recién hecho.
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