El Mercado de San Miguel es un ejemplo de las monumentales obras de hierro y cristal que se popularizaron en todo el mundo desde mediados del siglo XIX.

1955, Mercado exterior
1955

Situado junto a la emblemática Plaza Mayor madrileña, inicialmente fue un mercado al aire libre, dedicado a la venta de pescado. Es citado en junio de 1835 en el Diario de Avisos de Madrid, dirigido por Mesonero Romanos, a colación de la posible construcción de varios mercados.

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Antes de su construcción en esta plaza se encontraba la Iglesia de San Miguel de los Octoes, uno de los 10 templos madrileños mencionados en el Fuero de Madrid de 1202. Situado entre la vecina Puerta de Guadalaja y la Puerta Cerrada, pegada a las murallas de la Villa. Al estar pegada a esta, impedía su ampliación o reforma del entorno, no como otros templos de la ciudad. El incendio del 16 de agosto de 1790, ocurrido en la Plaza Mayor le afectó gravemente, hasta el punto que durante las posteriores reformas de José I, el templo fue derribado, dejando lugar a la Plaza de San Miguel que hoy conocemos, donde se construirá tiempo después este mercado.

Iglesia San Miguel de los Octoes, Plano de Texeira

Las obras de conversión en mercado cubierto, dirigidas por el arquitecto Alfonso Dubé y Diez, comenzaron en 1913 y se concluyeron tres años después, en 1916. Se utilizaron las técnicas más avanzadas de la época para asegurar la solidez de la estructura y también la salubridad y el aislamiento del interior: vigas de hierro fundido como soporte y viguetas del mismo material para armas la cubierta, que asimismo contaba con persianas para asegurar la circulación constante del aire, tabiques para separar los puestos, tarima con espacios de ventilación, y una planta subterránea destinada a almacén.

La segunda gran transformación del mercado llegó con el siglo XXI. Declarado Bien de Interés Cultural en diciembre del 2000 y tras seis años de obras, el nuevo Mercado de San Miguel reabrió sus puertas al público en 2009 convertido en un mercado de vanguardia, lleno de usuarios y turistas ávidos no solo de compartir la miriada de productos ofertados, sino de contemplar un espacio histórico escuchando ecos de los puestos del pasado en una obra de arte lista para recorrer con paso firme los nuevos tiempos.


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