La Piscina La Isla de Madrid: el barco desaparecido del Manzanares

Cuesta imaginarlo hoy, paseando por Madrid Río entre ciclistas, corredores y familias, pero hubo un tiempo en que el Manzanares fue algo más que un hilo de agua domesticado. Durante unas pocas décadas del siglo XX, el río fue escenario de ambiciosos sueños urbanos y de una forma de ocio que hoy nos resulta casi exótica. Uno de esos sueños tomó forma en la Piscina La Isla, una de las instalaciones más singulares y olvidadas de la historia madrileña.

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A comienzos de los años treinta, Madrid buscaba modernizarse y reconciliarse con su río. En ese contexto nació La Isla, inaugurada en 1931-1932 sobre una pequeña isla natural situada entre los actuales puentes de la Reina Victoria y del Rey. El proyecto fue obra del arquitecto Luis Gutiérrez Soto, figura clave del racionalismo madrileño, que concibió el edificio como un auténtico “barco” anclado en medio del Manzanares. No era solo una metáfora: su silueta, alargada y blanca, evocaba claramente la de un transatlántico.

La imagen debía de resultar impactante para los madrileños de la época. En un río modesto y muchas veces despreciado aparecía de pronto una construcción moderna, elegante, pensada para el ocio, el deporte y la vida social. La Piscina La Isla no era una simple instalación de baño. Contaba con varias piscinas —una de ellas cubierta—, solárium, gimnasio, restaurante, cafetería e incluso salón de baile. Todo ello comunicado con ambas orillas mediante pasarelas metálicas que reforzaban la sensación de estar accediendo a un espacio distinto, casi vacacional, en pleno centro de la ciudad.

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Durante sus primeros años, La Isla se convirtió en un lugar de moda. Era un espacio más exclusivo que otras iniciativas contemporáneas, como la cercana Playa de Madrid, y atraía a una clientela que buscaba no solo refrescarse, sino también dejarse ver. El agua de las piscinas procedía del propio Manzanares, filtrada y tratada, lo que añadía un componente natural que hoy resulta difícil de imaginar. En aquellos veranos, el río dejó de ser frontera o trasera urbana para convertirse en protagonista.

Sin embargo, el esplendor de La Isla fue tan intenso como breve. La Guerra Civil interrumpió de golpe aquella modernidad incipiente. Madrid se convirtió en frente de batalla y la piscina no salió indemne: un impacto de artillería dañó gravemente la estructura. Tras la contienda, el edificio fue reparado y volvió a abrir, pero el contexto ya era otro. La ciudad empobrecida de la posguerra tenía poco que ver con el optimismo de los años republicanos.

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A los problemas económicos se sumaron los del propio río. El Manzanares, caprichoso y mal encauzado, protagonizó varias crecidas que afectaron seriamente a la instalación. Especialmente dañina fue la riada de 1947, que dejó claro lo vulnerable que era aquel “barco” construido en medio del cauce. Poco a poco, La Isla fue perdiendo usuarios, mantenimiento y sentido dentro de una ciudad que empezaba a mirar al río más como un problema que como una oportunidad.

El final llegó en la década de 1950. Los planes de canalización del Manzanares, impulsados por el urbanismo del franquismo, hicieron incompatible la existencia de la isla y de la piscina. En 1954, La Isla cerró definitivamente y poco después fue demolida. El río siguió su transformación y el recuerdo del edificio se fue diluyendo, hasta quedar reducido a fotografías en blanco y negro, artículos dispersos y la memoria de unos pocos estudiosos y curiosos.

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Hoy, donde estuvo La Isla, no hay placa ni monumento que recuerde su existencia. Sin embargo, su historia sigue fascinando porque resume una época en la que Madrid soñó con ser más moderna, más saludable y más cercana al agua. La Piscina La Isla fue un experimento urbano audaz, una rareza arquitectónica y un símbolo de un Madrid que quiso mirar al futuro desde las orillas del Manzanares. Un barco que navegó poco tiempo, pero que dejó una estela difícil de olvidar.


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