Gran Vía 32: De los Almacenes Madrid‑París a Primark, un siglo de historia en el corazón de Madrid

En el corazón de Madrid, en el número 32 de la Gran Vía, se alza un edificio que ha sido testigo de más de un siglo de cambios, transformaciones y sueños urbanos. Sus muros han visto desde la ambición de empresarios europeos hasta la vida cotidiana de madrileños de todas las generaciones. Este edificio ha sido todo a la vez: un templo del consumo moderno, un espacio de ocio, un blanco de tensiones políticas y, hoy en día, una de las tiendas más visitadas de la ciudad.

Todo comenzó en 1920, cuando se constituyó la Sociedad Madrid‑París, presidida por José María González, pero con capital francés aportado por la Societé Paris‑France, vinculada a la cadena de grandes almacenes parisina Les Dames de France. La idea era ambiciosa: traer a Madrid el modelo de los “grands magasins” franceses, donde comprar se convertía en toda una experiencia. La ciudad, que hasta entonces había llegado tarde a la moda de los grandes almacenes, estaba a punto de ver cómo un concepto revolucionario se materializaba en un edificio de siete plantas, con un gran patio central iluminado por una claraboya y escaleras monumentales que conectaban sus distintas alturas.

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Las obras se prolongaron hasta 1923, retrasadas por huelgas y convulsiones políticas, pero el 3 de enero de 1924 los Grandes Almacenes Madrid‑París abrieron con una ceremonia que reunió a la familia real. Alfonso XIII, la reina Victoria Eugenia y la infanta Isabel presenciaron la inauguración, mientras la prensa y la alta sociedad celebraban la llegada de un comercio moderno y lujoso. En sus plantas se ofrecía de todo: moda, muebles, perfumería, lencería, papelería y un elegante salón de té donde las clientas podían reunirse y disfrutar de música selecta. Sin embargo, el esplendor no bastó para sostener un negocio que, un año después, ya acumulaba pérdidas significativas. El público madrileño no respondió al lujo elitista de la manera esperada, y Madrid‑París cerró finalmente en 1934.

Pero el edificio no quedó vacío. Una parte fue ocupada por SEPU, la Sociedad Española de Precios Únicos, fundada por los suizos Henry Reisembach y Edouard Worms. SEPU ofrecía precios accesibles y se convirtió en un referente del comercio popular en Madrid. No obstante, su historia estuvo marcada por la hostilidad política: durante la Segunda República y los primeros años del franquismo, la Falange la acusó de explotación y, debido a los orígenes judíos de sus fundadores, fue objeto de ataques y vandalismo. Aun así, SEPU sobrevivió décadas y se convirtió en un lugar emblemático para varias generaciones de madrileños hasta su cierre en 2002.

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Mientras SEPU consolidaba su presencia, otra parte del edificio acogía el Cine Madrid‑París, inaugurado en 1935, que luego pasó a llamarse Cine Imperial. Sus salas, decoradas con un estilo moderno, ofrecían películas de todo tipo y se convirtieron en un punto de encuentro cultural para la ciudad. Durante años, el cine fue testigo de la vida urbana, del auge del séptimo arte y de la evolución de la Gran Vía como epicentro cultural y social.

El edificio también fue sede de radio y oficinas. La Unión Radio, antecesora de la Cadena SER, ocupó la sexta planta y la azotea, mientras reformas arquitectónicas sucesivas añadieron nuevas alturas y simplificaron la ornamentación original, como ocurrió en 1956, cuando se eliminó parte de la decoración y se añadió una escultura del ave Fénix en la cima.

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En 2015, el edificio experimentó una nueva transformación con la apertura de Primark, que recuperó la tradición comercial del inmueble y fusionó elementos históricos, como el gran patio central y la escalera monumental, con un moderno espacio de retail de más de 12 000 m². Hoy, la tienda es uno de los destinos comerciales más visitados de Madrid, recibiendo millones de visitantes cada año y devolviendo al edificio su papel central en la vida de la ciudad.

Gran Vía 32 ha sido así un testigo privilegiado de la historia madrileña: desde el lujo y la ambición de los Almacenes Madrid‑París, pasando por los precios populares de SEPU y el ocio cinematográfico del Cine Imperial, hasta convertirse en el bullicioso espacio comercial que hoy conocemos. Cada época ha dejado su huella, y el edificio sigue siendo un símbolo de la transformación de Madrid, donde convergen patrimonio, comercio y vida urbana.


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