A mediados del siglo XIX, en plena convulsión política y social, surgió en Madrid una institución tan peculiar como efímera: el Museo de la Trinidad. Su historia está profundamente ligada a la desamortización de Mendizábal, aquel proceso que supuso la supresión de órdenes religiosas y la incautación masiva de bienes eclesiásticos. Entre esos bienes se encontraban miles de pinturas, esculturas y objetos artísticos procedentes de conventos y monasterios de toda España. Era un patrimonio inmenso, disperso, y en riesgo de deterioro. Para evitar su pérdida, en 1837 una Real Orden dispuso la creación de un museo público que los reuniera y diera sentido a aquel repertorio repentinamente estatal. Nació así el Museo de la Trinidad, instalado en el antiguo convento de la Trinidad Calzada, en la calle Atocha, que abrió sus puertas al público el 24 de julio de 1838.
El nuevo museo era, en parte, fruto del ímpetu ilustrado por ofrecer a la nación un patrimonio común y, al mismo tiempo, resultado de un proceso político abrupto que había vaciado iglesias y conventos en cuestión de meses. Sus colecciones eran —inevitablemente— mayoritariamente religiosas. Llegaban de Ávila, Segovia, Toledo, Burgos, Valladolid o Madrid, sin un sistema de registro sólido que permitiera documentar su procedencia exacta. Aquella falta de control acompañaría al museo durante toda su existencia. A pesar de ello, el conjunto reunido era extraordinario: piezas de El Greco, Luis de Morales, Alessandro Allori o Francisco de Goya, entre muchos otros, fueron ingresando en sus salas. A partir de 1856, además, se incorporaron obras procedentes de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, lo que amplió el repertorio más allá de lo religioso.
Sin embargo, desde sus primeros años el museo mostró sus límites. El edificio de la Trinidad, aunque evocador, era reducido, incómodo y poco adecuado para la conservación. La museografía nunca llegó a consolidarse: faltaba un plan claro de exhibición y la documentación era desigual. De hecho, no fue hasta 1865 cuando el historiador Gregorio Cruzada Villaamil realizó un catálogo riguroso, aunque solo llegó a registrar algo más de seiscientas pinturas, dejando fuera un enorme volumen de obras que consideró de menor interés. Aun así, su trabajo marcó un hito en la historia del museo, pues proporcionó por fin una mínima estructura intelectual a una institución que había nacido más por necesidad que por planificación.
El destino del Museo de la Trinidad quedó sellado con la Revolución de 1868. En medio de la reorganización del Estado y de sus instituciones culturales, se decidió fusionar sus fondos con los del Museo Real de Pintura y Escultura —el futuro Museo del Prado—. La integración se formalizó definitivamente en 1872. El Museo de la Trinidad desaparecía como entidad, pero sus obras no: alrededor de doscientas pasaron a incorporarse al catálogo del Prado, mientras que otras fueron distribuidas como depósitos en diversas instituciones públicas. Buena parte del arte desamortizado, por tanto, siguió viviendo, aunque ya no bajo el nombre de aquella institución singular que lo había acogido inicialmente.
Pese a la contundencia del proceso político que dio origen a sus colecciones, no existe constancia de que el Museo de la Trinidad estuviera envuelto en un crimen célebre o en un episodio violento que lo haya marcado para la posteridad. Su “tragedia”, si alguna puede atribuírsele, fue más silenciosa: la fragilidad de su gestión, la precariedad de su sede, su desaparición administrativa y la dispersión de su patrimonio. Fue un museo nacido del tumulto y destinado a disolverse en otra institución mayor, dejando tras de sí más preguntas que certezas sobre la procedencia y la trayectoria de muchas de sus obras.

Hoy, su legado permanece en el Museo del Prado, donde una parte esencial de sus fondos continúa expuesta y estudiada. Allí, entre salas, catálogos y restauraciones, el antiguo Museo de la Trinidad resurge como una sombra histórica: una institución breve, accidentada, y decisiva para entender cómo el patrimonio artístico español del siglo XIX llegó hasta nosotros. Su historia no es la de un crimen, sino la de un museo fantasma, nacido de una gran convulsión política y difuminado poco a poco hasta desaparecer como tal, aunque sin dejar de influir en la memoria cultural del país.
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