El crimen de Atocha: el cadáver descuartizado enviado en tren

El 1 de mayo de 1929, los depósitos de mercancías de la Estación del Mediodía —hoy conocida como Estación de Atocha— en Madrid vivieron uno de los hallazgos más escalofriantes e inolvidables de la crónica negra española. Una sencilla caja de madera, facturada tiempo atrás en Barcelona, acabó revelando un secreto terrible: dentro de ella yacía el cadáver de un hombre, mutilado y en avanzado estado de descomposición.

Durante meses, la caja había permanecido olvidada, junto a decenas de envíos abandonados cuyo contenido muchas veces era pescado o aves muertas. Los operarios habían asumido el hedor como parte del trabajo cotidiano. Pero cuando se preparó la subasta de esos paquetes acumulados, uno de los mozos al tratar de desmontar la caja notó una marca en el suelo y —tras quitar los clavos— surgió el hedor intenso y aquello que creyeron, en un primer momento, otra carga contaminada. Al apartar papel y algodón, apareció una pierna humana. Instantes después, salieron a la luz restos humanos, sin cabeza, en un estado tan macabro, que dejó estupefacto a quien los descubrió.

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No era un viajero muerto en un accidente, ni un suicida: era un asesinato, de los más brutales que se recuerdan. El cuerpo correspondía a un hombre de unos treinta años, alto, moreno, de complexión fuerte. No había señales de accidente, ni heridas de bala. Por el contrario, los indicios apuntaban a un homicidio seguido de un intento deliberado de borrar toda huella: cabeza amputada, cuerpo descuartizado, metido con esmero en la caja, como si fuera un envío más.

Al día siguiente del hallazgo, la prensa madrileña comenzó a rumorear la posible identidad del muerto: un empresario barcelonés llamado Pablo Casado, desaparecido hacía varios meses. Entre sus conocidos había personas que reconocieron en la fotografía junto al cuerpo al hombre que habían visto por última vez a principios de diciembre de 1928.

La historia de lo que pasó es tan terrible como lo que se descubrió: Casado, según la investigación, había sido asesinado la noche del 8 de diciembre de 1928 por su criado, Ricardo Fernández Sánchez —conocido como “Ricardito”—. Una discusión violenta acabó con un golpe fatal: Fernández le habría lanzado una plancha a la cabeza mientras dormía.

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Pero el crimen no terminó ahí. Al día siguiente, el asesino cortó la cabeza con un cuchillo, desmembró el resto del cuerpo con sierra, lo envolvió en papel y algodón, lo acomodó en la caja y lo facturó como si fuera una mercancía más, con destino a Madrid. En su declaración confesó que metió la cabeza en periódicos, la llevó en tranvía hasta el puerto de Barcelona, y la arrojó al mar. El resto del cuerpo emprendió un viaje mortuorio, sin que nadie imaginara lo que escondía aquella caja abandonada.

Las motivaciones que movieron a Fernández resultan hoy tan tristes como reveladoras de una realidad oscura: Celos, resentimiento y una relación compleja entre amo y criado. Algunos reportajes posteriores —y reconstrucciones dramatizadas del caso— sugieren que la relación entre víctima y asesino no era meramente laboral, sino también sentimental, lo que añade una dimensión de tabú social al crimen.

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Cuando la caja fue abierta en Atocha, aquel crimen ya tenía cinco meses. Pero la violencia y el intento de ocultación tan absoluto no bastaron para borrar la identidad de la víctima. La cicatriz de una operación, las peculiaridades físicas descritas por conocidos, e incluso un mechón de cabello conservado en la mano del cadáver, fueron suficientes para reconocer a Casado. Ante la evidencia, Fernández acabó confesando sin mostrar emoción aparente, relatando con frialdad cada detalle del horror.

El juicio se celebró poco después, y Fernández fue condenado a dieciséis años de prisión por homicidio, a los que se añadieron tres meses por hurto, por apropiarse de objetos personales de la víctima.

Aunque con los estándares actuales la condena puede parecer leve, en aquel momento se consideró un veredicto firme; no hubo dudas sobre la autoría. Otros nombres que aparecieron en la investigación —amigos o socios de Casado— quedaron libres, aunque el suceso dejó una sombra persistente de rumores, prejuicios sociales y especulaciones que nunca se llegaron a probar.

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Con los años, este caso, conocido como “el cadáver descuartizado de Atocha”, ha pasado a formar parte del imaginario de la crónica negra española. Fue dramatizado en un capítulo de la serie La huella del crimen —bajo el título de “El caso del cadáver descuartizado”— en 1985, lo que volvió a poner en primer plano la brutalidad del suceso y las contradicciones sociales de la época.

Más allá del morbo del crimen, lo que verdaderamente impacta es lo que revela sobre la sociedad de entonces: la facilidad con que una vida —aunque fuera de clase acomodada— podía convertirse en mera mercancía, la brutalidad que acompañaba al manipular restos humanos como si fueran un paquete, y la invisibilidad de ciertas identidades y relaciones, sometidas al juicio moral de la época. En ese sentido, el caso de Casado y Fernández se convierte en un reflejo de prejuicios, silenciadas confesiones y violencia oculta tras puertas cerradas.

Hoy, a casi un siglo del suceso, el cadáver descuartizado que salió de Barcelona y llegó a Atocha en una caja olvidada sigue siendo uno de los episodios más sombríos de la historia del crimen en España. Un crimen que sacudió no solo por su crueldad, sino por la crudeza con que expuso vulnerabilidades silenciosas, oscuras tensiones humanas y el miedo a lo prohibido.


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