En la calle de Montserrat número 12, a pocos pasos del Conde Duque y lejos del bullicio turístico más evidente, se levanta uno de los edificios más desconcertantes y comentados del centro de Madrid. A simple vista no parece gran cosa: una finca de viviendas de principios del siglo XX, sobria, discreta, integrada sin estridencias en el paisaje urbano del barrio de Universidad. Sin embargo, basta con alzar la vista unos segundos para descubrir que su fachada esconde un secreto difícil de ignorar.
Entre balcones y líneas geométricas aparecen, claramente esgrafiados en el revoco, símbolos sexuales masculinos y femeninos. Penes, vulvas y otras formas orgánicas que, más de un siglo después de su construcción, siguen generando sorpresa, sonrisas incómodas y muchas preguntas sin respuesta. No es de extrañar que este inmueble haya pasado a la historia popular como la Casa de los Penes o la Casa Genital, uno de los enigmas arquitectónicos más atrevidos de Madrid.
El edificio fue levantado en 1912, fecha que todavía puede leerse en la fachada acompañada de un símbolo del infinito atravesado por flechas. Su autor fue el arquitecto Arturo Pérez Merino, un profesional de carrera discreta pero con una clara inclinación por lo singular. Aunque no es una figura especialmente conocida, dejó en Madrid otras obras igualmente llamativas, con decoraciones fantásticas, animales mitológicos y elementos poco convencionales que rompen con la rigidez habitual de la arquitectura residencial de la época.
En Montserrat, 12, Pérez Merino fue más lejos que nunca. La fachada presenta seis penes distribuidos simétricamente, dos por planta, y tres vulvas colocadas entre ellos, formando un conjunto que parece cuidadosamente pensado y no fruto del azar o de una travesura improvisada. Bajo los balcones, otros motivos curvilíneos han sido interpretados como referencias al útero o a la fertilidad, reforzando la idea de que el mensaje va más allá de lo puramente decorativo.

Desde hace décadas se han propuesto todo tipo de explicaciones para justificar esta iconografía tan poco habitual en una vivienda burguesa del Madrid de principios del siglo XX. Algunos expertos apuntan a la influencia del modernismo, un estilo que, aunque menos exuberante en Madrid que en otras ciudades europeas, permitía cierto margen a la creatividad simbólica y a los guiños provocadores. Otros recuerdan que los símbolos fálicos han sido utilizados desde la Antigüedad como amuletos protectores o de buena suerte, especialmente en la tradición romana.
También han circulado teorías más novelescas: que el edificio pudo albergar un burdel, que el arquitecto quiso vengarse de algún conflicto personal, o incluso que se trata de un mensaje esotérico o masónico oculto a plena vista. Sin embargo, no existe documentación que respalde ninguna de estas hipótesis. Lo que sí se sabe es que los símbolos estaban ya presentes en los planos originales y que el Ayuntamiento concedió la licencia sin objeciones, lo que indica que, al menos oficialmente, no se consideraron obscenos ni problemáticos en su contexto histórico.
Sea cual fuera la intención de su autor, lo cierto es que el paso del tiempo ha transformado este edificio en una auténtica rareza urbana, un punto de peregrinación para curiosos, amantes del Madrid secreto y paseantes atentos a los detalles que suelen pasar desapercibidos. Muchos vecinos han convivido durante años con la fama de la finca, mientras visitantes ocasionales se detienen, señalan la fachada y sonríen incrédulos al descubrirla.
Hoy, la Casa de los Penes sigue siendo un misterio sin resolver, pero quizá ahí resida gran parte de su encanto. Más allá de interpretaciones y teorías, representa esa capacidad que tiene Madrid para esconder historias insólitas a plena vista, recordándonos que incluso en las calles más tranquilas pueden encontrarse huellas de audacia, humor o provocación que desafían el paso del tiempo.
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