Pasear hoy por el Paseo de la Castellana cuesta imaginar que, antes de convertirse en una de las grandes arterias financieras de Madrid, este eje estuvo jalonado de jardines y residencias palaciegas pertenecientes a la aristocracia. Uno de los pocos testimonios que aún sobreviven de aquella etapa es el Palacio de los Duques de Híjar, un elegante palacete de comienzos del siglo XX que, discreto y casi oculto entre edificios modernos, conserva una historia ligada a la nobleza española y a la diplomacia internacional.
El palacio fue construido entre 1906 y 1908, en un momento en el que la Castellana comenzaba a consolidarse como lugar de residencia para las grandes familias aristocráticas. El proyecto fue encargado al arquitecto Joaquín Saldaña López, autor de varios palacetes madrileños destinados a una clientela selecta que buscaba modernidad sin renunciar al prestigio social que otorgaba la arquitectura palaciega. El promotor fue Alfonso de Silva y Campbell, XV Duque de Híjar y de Aliaga, heredero de uno de los títulos nobiliarios más antiguos de España, creado en el siglo XV por los Reyes Católicos.

La familia Híjar, estrechamente vinculada a la Casa de Alba, simbolizaba la continuidad de una nobleza que, ya entrado el siglo XX, seguía marcando su presencia en el espacio urbano madrileño. No está del todo claro si el palacete fue concebido como residencia principal del duque o como vivienda para su hijo recién casado, pero en cualquier caso respondía a la necesidad de contar con una casa representativa en la nueva zona residencial de moda.
Arquitectónicamente, el palacio responde a un estilo ecléctico de inspiración francesa, muy del gusto de la época. La fachada, sobria y elegante, se organiza mediante líneas clasicistas, con una cuidada composición de huecos, impostas y una cornisa bien definida. El edificio se asienta sobre una parcela de forma triangular, lo que obligó a Saldaña a idear una planta ingeniosa y funcional, articulada en torno a un gran hall central que actuaba como eje de la vida social del palacio.
Ese espacio central, concebido originalmente a doble altura y cubierto por un lucernario acristalado, aportaba luz natural al interior y servía como lugar de recepción. Desde él se distribuían las principales estancias: salones de gala, comedor, despachos y salas de uso privado, decoradas con el refinamiento propio de una residencia aristocrática. Entre los elementos más singulares destacaba un salón con decoración cerámica de inspiración portuguesa, un detalle que, con el tiempo, cobraría un significado casi premonitorio.
Durante la primera mitad del siglo XX, el palacio fue testigo de los profundos cambios que vivió Madrid, tanto urbanísticos como sociales. Con el declive de la vida aristocrática tradicional y la transformación de la Castellana en un eje cada vez más institucional y administrativo, muchas de estas residencias privadas cambiaron de manos o desaparecieron. El palacio de los Duques de Híjar corrió mejor suerte que otros, aunque también vio transformado su uso.
En la década de 1950, el edificio fue adquirido por el Estado portugués, que lo destinó a sede de la Embajada de Portugal en España y residencia oficial de su embajador. Esta nueva función implicó diversas reformas interiores, adaptando los espacios a las necesidades diplomáticas, aunque se procuró conservar la esencia del edificio. El lucernario original del hall fue desmontado y algunas estancias se reorganizaron, pero el carácter palaciego del conjunto se mantuvo intacto.

Desde entonces, el palacio ha sido escenario de recepciones oficiales, encuentros diplomáticos y actos culturales que han reforzado su papel como puente simbólico entre España y Portugal. En los últimos años, además, ha participado en iniciativas como “Bienvenidos a Palacio”, permitiendo que el público acceda de forma puntual a un edificio que habitualmente permanece cerrado, y contribuyendo así a la difusión del patrimonio histórico madrileño.
Hoy, rodeado de construcciones modernas, el Palacio de los Duques de Híjar se erige como un testigo silencioso del Madrid aristocrático de comienzos del siglo XX. Su supervivencia no solo permite comprender cómo fue la expansión urbana de la Castellana, sino también cómo estos espacios han sabido reinventarse, pasando de residencias privadas a enclaves institucionales sin perder su valor histórico y arquitectónico.
Más allá de su función actual, el palacio sigue siendo una pieza clave del paisaje urbano madrileño: un lugar donde se entrecruzan la memoria de la nobleza, la arquitectura ecléctica y la diplomacia contemporánea, recordándonos que bajo la piel moderna de la ciudad aún laten historias de otro tiempo.
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