Durante más de tres décadas, quienes llegaban a Madrid por la antigua carretera de Barcelona se encontraban con un edificio imposible de confundir. Elevándose sobre el paisaje urbano, con una silueta girada, dinámica y casi escultórica, la llamada Pagoda de Fisac se convirtió en uno de los hitos arquitectónicos más singulares del Madrid del siglo XX. Oficialmente conocida como Laboratorios JORBA, esta obra de Miguel Fisac fue tan admirada como incomprendida y, finalmente, demolida en 1999, dejando tras de sí uno de los grandes vacíos del patrimonio arquitectónico moderno de la ciudad.
El edificio nació a mediados de los años sesenta, en un momento de expansión económica y optimismo industrial. El empresario José María Jorba, propietario de los laboratorios farmacéuticos que llevaban su apellido, quería una sede que no solo cumpliera con las exigencias técnicas de la producción, sino que también actuara como un reclamo visual, un símbolo reconocible para quienes entraban en Madrid. Para ello recurrió a Miguel Fisac, un arquitecto que ya había demostrado una extraordinaria capacidad para innovar con el hormigón y explorar nuevas formas arquitectónicas alejadas del academicismo dominante.

Fisac concibió el conjunto como una combinación de funcionalidad industrial y expresión formal. Las naves de producción se resolvían con sus célebres vigas-hueso, un sistema estructural de hormigón prefabricado que permitía grandes luces y una iluminación natural homogénea. Sin embargo, fue la torre de oficinas la que acaparó toda la atención. Elevada, exenta y rotunda, esa torre pronto fue bautizada popularmente como “la Pagoda”, por su semejanza con los templos orientales escalonados.
La singularidad del edificio residía en su estructura: cada planta giraba 45 grados respecto a la anterior, creando una sensación de movimiento ascendente que rompía con la rigidez habitual de los edificios de oficinas. Las uniones entre plantas se resolvían mediante superficies curvas de hormigón, técnicamente complejas y visualmente poderosas, que demostraban hasta qué punto Fisac dominaba el material y lo utilizaba como un medio expresivo, no solo constructivo. El resultado era un edificio que parecía cambiar según el punto de vista del espectador, especialmente al ser observado desde un coche en movimiento.

Durante años, la Pagoda fue un referente silencioso. No figuraba en las guías turísticas ni gozaba de una protección especial, pero se grabó en la memoria colectiva de los madrileños. Era uno de esos edificios que servían como referencia espacial: “cuando pases la Pagoda, ya estás en Madrid”. Su modernidad contrastaba con una ciudad todavía muy anclada en modelos arquitectónicos tradicionales, y quizá por ello nunca llegó a ser plenamente comprendida por el gran público.
Paradójicamente, su prestigio internacional fue mayor que el reconocimiento local. En 1979, el edificio fue seleccionado para formar parte de una exposición del MoMA de Nueva York dedicada a las transformaciones de la arquitectura moderna, lo que situó a la Pagoda y a su autor en un contexto global. Aun así, en España seguía siendo una obra vulnerable, sin una figura legal que garantizara su conservación.
El final llegó a finales de los años noventa. Los Laboratorios JORBA habían dejado de utilizar el complejo y la parcela fue adquirida por una promotora inmobiliaria. Aunque se barajó inicialmente la posibilidad de conservar la torre, los problemas de adaptación a las normativas de seguridad y la ausencia de protección patrimonial facilitaron la concesión de la licencia de demolición. En julio de 1999, la Pagoda desapareció en apenas unos días.
La reacción no tardó en llegar. Arquitectos, historiadores y ciudadanos denunciaron la pérdida de uno de los edificios más importantes de la arquitectura moderna española. La demolición de la Pagoda se convirtió en un símbolo de la fragilidad del patrimonio contemporáneo y de la falta de sensibilidad institucional hacia obras que, por no ser antiguas, parecían prescindibles.

Hoy, donde se alzaba la torre de Fisac, no queda rastro físico de aquel edificio audaz y visionario. Sin embargo, su memoria sigue viva. Fotografías, maquetas, estudios académicos y reinterpretaciones artísticas han convertido a la Pagoda en un mito, en una lección sobre lo que Madrid perdió y sobre la necesidad de proteger su arquitectura más reciente antes de que sea demasiado tarde.
La Pagoda de Fisac ya no forma parte del skyline madrileño, pero sigue siendo una referencia imprescindible para entender la historia urbana de la ciudad y el legado de uno de los arquitectos españoles más innovadores del siglo XX.
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