En pleno centro de Madrid, entre la calle de San Bernardo y la calle del Álamo, se esconde una de esas pequeñas calles que parecen menores a simple vista, pero cuyo nombre evoca siglos de historia y transformación: la Calle de la Manzana. Aunque apenas mide unos metros, esta vía narra la evolución de la ciudad desde sus orígenes rurales hasta convertirse en un tejido urbano lleno de historias curiosas.
En los primeros mapas oficiales de Madrid, como los de Texeira (1656) y Espinosa de los Monteros (1769), ya aparece esta calle, lo que prueba que su trazado tiene siglos de antigüedad.
El nombre de la calle siempre ha llamado la atención, y no es para menos. Según la tradición, la zona donde hoy se alza esta vía perteneció durante el siglo XVI a García de Barrionuevo de Peralta, cuyos terrenos estaban dedicados a huertas, jardines y, sobre todo, manzanos. Cuando la posesión se abandonó, los trabajadores que recogían los frutos entraron en disputas sobre cómo repartir las manzanas. Ese episodio popular quedó en la memoria madrileña como la «pelea de la manzana», y de ahí nació el nombre de la calle. Con el tiempo, el apelativo largo se simplificó y quedó como Calle de la Manzana.
Más allá de su nombre pintoresco, esta calle ha sido testigo de la vida cotidiana y los cambios sociales de Madrid. Durante el siglo XIX, por ejemplo, albergó imprentas y talleres tipográficos, espacios de trabajo esenciales para la difusión cultural de la época. Recuerdos de viejos comercios y talleres sobreviven en anécdotas de vecinos que crecieron entre sus aceras y que aún cuentan historias de zapaterías, sastres y negocios tradicionales que hicieron barrio alrededor de esta calle.
El entorno de la Calle de la Manzana pertenece administrativamente al barrio de Universidad, pero cultural y socialmente se asocia con Malasaña, uno de los barrios más emblemáticos de Madrid. Malasaña, conocido también como el barrio de las Maravillas, ha sido desde finales del siglo XX un epicentro de cultura alternativa, ocio nocturno y tradición urbana. Su nombre proviene de Manuela Malasaña, una joven costurera que se convirtió en símbolo de la resistencia popular durante el levantamiento contra las tropas francesas en 1808, y cuyo espíritu de lucha ha acabado vinculándose —aunque de forma tangencial— a las calles que conforman este barrio histórico.

En tiempos recientes, la Calle de la Manzana ha cambiado su fisonomía para adaptarse a las necesidades de la ciudad moderna. Hasta hace pocos años era una calle estrecha con aceras poco cómodas para los peatones, por lo que quienes caminaban por ella terminaban ocupando parte de la calzada. El Ayuntamiento de Madrid decidió peatonalizar y reformar la vía, eliminando bordillos y plantando árboles para que el tránsito fuera más amable y seguro. Esta transformación encaja en una política más amplia de mejorar la movilidad y la calidad de vida en el entorno de Malasaña y Conde Duque.
Hoy, al recorrer la Calle de la Manzana, uno no solo camina por un fragmento de la historia urbana de Madrid, sino que también percibe las huellas de su pasado agrícola, las voces de imprentas y talleres que la habitaron, y el impulso de una ciudad que sigue reinventando sus espacios sin perder del todo la memoria de sus orígenes.
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Super interesante la información gracias
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