En pleno centro histórico de Madrid, a escasos metros de la Plaza Mayor y de la Puerta del Sol, se alza un edificio discreto pero cargado de memoria: la Posada del Peine, considerada el hotel más antiguo de Madrid y uno de los más antiguos de España. Su historia se remonta a 1610, cuando la capital acababa de consolidarse como sede permanente de la corte y comenzaba a recibir un flujo constante de viajeros procedentes de todos los rincones del reino.
La posada fue fundada por Juan Posada, quien convirtió una vivienda situada en la entonces llamada calle del Vicario Viejo —actual calle Marqués Viudo de Pontejos— en un alojamiento destinado a mercaderes, funcionarios y visitantes de la corte. Su cercanía a la Casa de Postas, lugar de llegada de diligencias y correos, convirtió rápidamente al establecimiento en un punto estratégico para el hospedaje. Desde sus primeros años, la Posada del Peine destacó por su capacidad y actividad, llegando a contar con más de un centenar de habitaciones en algunos periodos de su historia.

El origen de su curioso nombre forma parte del anecdotario madrileño. Según la tradición más aceptada, cada habitación disponía de un peine sujeto al lavamanos, un pequeño lujo para la época que evitaba que los huéspedes se llevaran el objeto consigo. Aquella atención práctica y poco habitual terminó dando nombre al edificio, que pronto sería conocido en toda la ciudad como la Posada del Peine.
A lo largo de los siglos, el inmueble fue creciendo y adaptándose a las necesidades de cada época. A finales del siglo XVIII, los hermanos Espino, entonces propietarios, ampliaron el conjunto con edificios colindantes, una intervención en la que participó Juan de Villanueva, uno de los arquitectos más importantes del Madrid ilustrado. Durante el siglo XIX se añadieron nuevas reformas y se unieron varias construcciones, lo que explica la diversidad de estilos que aún hoy pueden apreciarse en sus fachadas.
Uno de los elementos más reconocibles del edificio es el templete con reloj que corona la fachada de la calle Postas, instalado en 1892 con motivo del cuarto centenario del descubrimiento de América. Este detalle ornamental se convirtió en un símbolo del establecimiento y sigue siendo una de sus señas de identidad.
La Posada del Peine fue testigo privilegiado de la vida madrileña durante siglos. Por sus habitaciones pasaron viajeros anónimos y personajes conocidos del mundo de la cultura, como Casta Esteban, viuda de Gustavo Adolfo Bécquer, o el pintor José Gutiérrez Solana, cuyas obras reflejan con crudeza el Madrid popular de su tiempo. Como ocurre con muchos edificios históricos, también surgieron leyendas, pasadizos ocultos y estancias secretas que alimentaron su aura misteriosa.

Sin embargo, el paso del tiempo y los cambios en la ciudad provocaron su declive. A mediados del siglo XX, tras décadas de funcionamiento ininterrumpido, la posada cerró sus puertas y permaneció abandonada durante años, amenazada por el deterioro y el olvido. No fue hasta comienzos del siglo XXI cuando se llevó a cabo una profunda rehabilitación que permitió recuperar el edificio y adaptarlo a los estándares actuales de la hotelería.
Hoy, la antigua posada funciona como el Petit Palace Posada del Peine, un hotel boutique que combina modernidad y tradición. En su interior conviven elementos contemporáneos con guiños a su pasado, conservando la esencia de un lugar que ha visto pasar más de cuatrocientos años de historia madrileña.
Más allá de su función como alojamiento, la Posada del Peine es un símbolo del Madrid histórico, un ejemplo de cómo la ciudad ha sabido reinventarse sin borrar del todo su pasado. Hospedarse en ella o simplemente contemplar su fachada es asomarse a la vida cotidiana de la Villa y Corte desde el Siglo de Oro hasta nuestros días, en uno de los rincones más auténticos y transitados de la capital.
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