En el número 1 de la calle Mejía Lequerica, en pleno barrio de Justicia, hay un edificio que pasa desapercibido para muchos madrileños… hasta que alguien levanta la vista. Entonces aparecen ellos: los famosos “lagartos” que trepan por su cornisa y que han dado nombre popular a una de las construcciones más singulares del Madrid de principios del siglo XX.
La Casa de los Lagartos, levantada entre 1911 y 1912, es obra del arquitecto Benito González del Valle y Fernández-Galán. Desde el primer momento, el proyecto partía de una dificultad extraordinaria: el solar sobre el que debía construirse era extremadamente estrecho. Apenas contaba con unos cinco metros de fondo, pero superaba los cincuenta metros de fachada. Una proporción tan inusual obligó al arquitecto a idear una solución ingeniosa y poco común en la arquitectura residencial madrileña de la época.

El resultado fue un edificio alargado, con una sola vivienda por planta en su concepción original, organizada a lo largo de un pasillo longitudinal que recorría todo el inmueble. Gracias a esta disposición, todas las estancias —incluidas cocinas y baños— se abrían al exterior, garantizando luz y ventilación natural en cada espacio. En una ciudad acostumbrada a patios interiores y habitaciones secundarias sin apenas iluminación, esta solución resultaba innovadora y práctica.
Pero si la planta es interesante, la fachada no lo es menos. La Casa de los Lagartos se inscribe dentro del modernismo madrileño, aunque con una estética más contenida que la exuberancia que asociamos al modernismo catalán. Aquí no hay una explosión decorativa, sino una composición más sobria, de líneas horizontales repetidas y sin balcones tradicionales que rompan el plano. Esta racionalidad formal ha llevado a muchos estudiosos a señalar la influencia de la Secesión vienesa, una corriente centroeuropea que apostaba por la geometría, la claridad compositiva y una ornamentación integrada en la estructura.
Y entonces, en lo alto, aparecen los reptiles.
Las figuras que coronan el edificio —técnicamente más cercanas a salamandras que a lagartos— parecen deslizarse por la cornisa con un aire casi fantástico. Estos elementos no son un simple capricho decorativo: el modernismo sentía fascinación por la naturaleza, por lo orgánico y lo simbólico. Incorporar animales o seres de inspiración natural en la arquitectura era una forma de dotar al edificio de vida, dinamismo y personalidad. En este caso, esas criaturas han acabado convirtiéndose en el rasgo más reconocible del inmueble y en el origen de su nombre popular.

Con el paso del tiempo, el edificio ha sufrido adaptaciones. Las amplias viviendas originales se han dividido en unidades más pequeñas para ajustarse a las necesidades contemporáneas. Sin embargo, su silueta alargada y su inconfundible remate escultórico siguen intactos, recordando el momento en que Madrid empezaba a asomarse tímidamente a las corrientes arquitectónicas europeas más innovadoras.
La Casa de los Lagartos demuestra que el modernismo en Madrid, aunque menos abundante que en otras ciudades españolas, dejó ejemplos de enorme interés. Es una arquitectura que no grita, pero que sorprende; que no abruma con ornamentación, pero que cautiva cuando se observa con atención.
Quizá esa sea su mayor virtud: obligarnos a mirar hacia arriba. Porque en una ciudad donde el ritmo es vertiginoso, este edificio nos recuerda que la historia —y a veces también los lagartos— habita justo por encima de nuestras cabezas.
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