Durante casi un siglo, Madrid contó con uno de los edificios más singulares y sorprendentes de su paisaje urbano: el Palacio de Xifré, una residencia de inspiración islámica que emergía de forma inesperada en pleno Paseo del Prado, frente al sobrio clasicismo del Museo del Prado. Hoy, donde se alza el Ministerio de Sanidad, apenas queda rastro físico de aquel palacio neoárabe que fascinó a contemporáneos y que terminó convirtiéndose en uno de los grandes símbolos de la pérdida del patrimonio madrileño.
El Palacio de Xifré fue construido entre 1858 y 1862 por iniciativa de José Xifré Downing, banquero e industrial perteneciente a una influyente familia enriquecida en Cuba. En una época marcada por el romanticismo y el orientalismo, Xifré quiso materializar un auténtico capricho arquitectónico: una residencia privada que evocara la grandeza del arte islámico andalusí, en particular la de la Alhambra de Granada. No se trataba de una simple alusión estilística, sino de una recreación minuciosa y costosa, pensada para deslumbrar.



Para llevar a cabo el proyecto, Xifré recurrió al arquitecto francés Émile Boeswillwald, especialista en restauración de monumentos medievales y estrechamente vinculado al círculo de Viollet-le-Duc. Bajo su dirección se levantó un edificio de tres plantas, construido en ladrillo bicolor, con aleros muy salientes y una composición completamente ajena al entorno neoclásico que lo rodeaba. El palacio quedaba separado de la calle por una verja y un pequeño jardín, reforzando su carácter de recinto casi escenográfico.


El corazón del edificio era su patio central, concebido como una reproducción a escala real del Patio de los Leones de la Alhambra. Columnas de mármol, arcos de inspiración nazarí, yeserías, artesonados y fuentes componían un espacio que evocaba directamente la imagen idealizada del pasado andalusí. El interior del palacio estaba ricamente decorado con tapices, mobiliario y antigüedades traídas expresamente de Oriente Medio por especialistas franceses financiados por el propio Xifré. Todo estaba pensado para reforzar la sensación de exotismo, aunque no siempre de comodidad.
Los cronistas del momento no tardaron en fijarse en aquel edificio tan ajeno a la tradición madrileña. Ángel Fernández de los Ríos, en su Guía de Madrid de 1876, lo describió como “una perfecta, aunque muy costosa, imitación de la arquitectura árabe en sus mejores tiempos”, subrayando que era “más linda que cómoda”. Otros contemporáneos lo contemplaban con una mezcla de admiración y extrañeza, como si se tratara de una fantasía oriental trasladada sin transición al corazón de la capital.


Con el paso de los años, el Palacio de Xifré fue perdiendo su función original como residencia privada y comenzó a asumir nuevos usos. A finales del siglo XIX se convirtió en sede de la Embajada de México en España, y posteriormente pasó por etapas de abandono, siendo utilizado como almacén y comercio de muebles. Ya en el siglo XX fue adquirido por el duque del Infantado, que lo utilizó como vivienda, y durante la Guerra Civil llegó incluso a funcionar como escuela, un destino muy alejado del lujo con el que había sido concebido.
El final del palacio llegó en 1949, en un contexto de transformación urbana acelerada y escasa sensibilidad patrimonial. El edificio fue vendido, desmantelado y finalmente derribado, pese a su singularidad y valor artístico. En su lugar se levantó la sede de la Delegación Nacional de Sindicatos y, más tarde, el actual Ministerio de Sanidad. La desaparición del Palacio de Xifré se convirtió con el tiempo en uno de los episodios más lamentados de la historia arquitectónica de Madrid.

Antes de su demolición, muchos de sus elementos fueron vendidos y reutilizados, dando lugar a una dispersión casi legendaria de sus restos. La fachada terminó incorporada a un hotel en Losa de Riofrío; artesonados, aleros y puertas fueron trasladados a una finca en Salamanca; la gran escalera principal acabó en Chiloeches, en Guadalajara; los suelos de madera viajaron hasta París, adquiridos por la Embajada de Francia; y el patio central, con sus columnas de mármol, fue instalado en una finca del camino de Barajas. Incluso las ventanas encontraron un nuevo destino en la Escuela de Arquitectura de Madrid.

Hoy, el Palacio de Xifré sobrevive únicamente en fotografías antiguas, grabados, testimonios escritos y en esas piezas dispersas que aún conservan algo del esplendor original. Su historia resume a la perfección el espíritu de una época fascinada por lo exótico y, al mismo tiempo, la fragilidad del patrimonio frente al progreso mal entendido. Aquella “Alhambra madrileña” fue durante décadas una rareza admirada; hoy es, sobre todo, un recordatorio de lo que la ciudad perdió para siempre.
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Es una tragedia. Me pongo malo de ver esa barbaridad.
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