Durante buena parte del siglo XX, en una manzana hoy irreconocible del barrio de Chamberí, existió uno de esos edificios que, sin llegar a ser monumental, formaban parte esencial del paisaje urbano y de la vida cotidiana de la ciudad: el Colegio y Convento de las Damas Catequistas. Situado entre las calles Francisco de Rojas, Nicasio Gallego, Manuel Silvela y Sagasta, el conjunto fue durante décadas un referente educativo y religioso en una zona de Madrid que entonces se encontraba en plena expansión.
El colegio fue promovido por las Damas Catequistas, integrantes del Instituto Catequista fundado por Dolores Sopeña, una institución dedicada a la educación cristiana y cultural, especialmente orientada a jóvenes y mujeres. Su implantación en Madrid respondió al crecimiento de estas congregaciones docentes a comienzos del siglo XX, en un momento en el que la ciudad multiplicaba sus centros educativos al calor del ensanche y de la consolidación de nuevos barrios burgueses.

El edificio fue proyectado hacia 1914 por el arquitecto Jesús Carrasco-Muñoz Encina, figura relevante de la arquitectura madrileña del primer tercio del siglo XX y autor de numerosos edificios institucionales y residenciales. El colegio respondía a un lenguaje ecléctico, con claras influencias neogóticas y algunos detalles modernistas, muy en consonancia con la arquitectura religiosa y docente de la época. Su volumetría era rotunda, con varias plantas organizadas en torno a patios interiores, amplias aulas y una capilla de especial protagonismo, tanto funcional como simbólico.
La fachada, sobria pero expresiva, se caracterizaba por el uso de vanos verticales, una composición ordenada y un cierto aire monumental que confería al conjunto una presencia reconocible dentro del barrio. No se trataba de un edificio aislado de la vida urbana, sino de una pieza integrada en la trama de Chamberí, que convivía con viviendas, comercios y otras instituciones educativas.

Apenas unos años después de su construcción inicial, el colegio fue objeto de una ampliación, también atribuida a Carrasco-Muñoz, que reforzó su capacidad y su implantación en la manzana. Esta ampliación respondió tanto al crecimiento de la congregación como a la creciente demanda educativa en la zona, consolidando al centro como una institución estable dentro del Madrid de las primeras décadas del siglo XX.
Durante años, el Colegio de las Damas Catequistas desarrolló una intensa actividad docente y formativa, enmarcada en el modelo de educación confesional que convivía con las escuelas públicas y los nuevos planteamientos pedagógicos de la época. Sin embargo, como tantos otros edificios de este tipo, su destino quedó marcado por las profundas transformaciones urbanas y sociales que experimentó Madrid a partir de los años sesenta.
La presión inmobiliaria, la reorganización de los usos urbanos y la pérdida progresiva de protección del patrimonio arquitectónico del primer tercio del siglo XX condujeron a la desaparición del colegio. A finales de los años sesenta, el edificio fue demolido casi por completo, poniendo fin a una presencia que había formado parte del barrio durante más de medio siglo. En su lugar surgieron construcciones modernas, funcionales pero carentes del carácter y la memoria que había encarnado el antiguo conjunto.
Hoy, apenas quedan vestigios físicos del Colegio de las Damas Catequistas. Solo la documentación histórica, algunas fotografías antiguas y el recuerdo recogido en estudios y recorridos urbanos permiten reconstruir su existencia. En el entorno permanece la sede de la Fundación Dolores Sopeña, heredera directa de aquella labor educativa, como discreto testimonio de una historia más amplia.
La desaparición del colegio es un ejemplo significativo de cómo Madrid fue perdiendo, a lo largo del siglo XX, numerosos edificios educativos y religiosos que habían contribuido a definir la identidad de barrios como Chamberí. Su caso invita a reflexionar sobre la fragilidad del patrimonio arquitectónico reciente y sobre la importancia de preservar no solo los grandes monumentos, sino también aquellos espacios que, como este colegio, dieron forma a la vida cotidiana y cultural de la ciudad.
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