Los fantasmas del Parque del Capricho: las leyendas más inquietantes de Madrid

En el corazón de la Parque del Capricho, en la Alameda de Osuna, hay algo más que uno de los jardines históricos más bellos de la capital. Entre templetes clásicos, paseos arbolados y rincones románticos, sobreviven historias que hablan de presencias, susurros y figuras que parecen resistirse a abandonar el lugar. Porque si algo tiene El Capricho, además de belleza, es misterio.

El parque nació a finales del siglo XVIII por iniciativa de María Josefa Pimentel, una de las mujeres más influyentes de su tiempo. La duquesa quiso crear un espacio ilustrado, refinado y simbólico, donde la naturaleza y el arte dialogaran en armonía. El resultado fue un jardín de inspiración francesa, inglesa e italiana, salpicado de caprichos arquitectónicos: un laberinto, un templete dedicado a Baco, una casa de cañas, una ermita… y senderos que invitan tanto al paseo como a la imaginación.

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Quizá por esa mezcla de belleza y aislamiento, pronto comenzaron a circular historias. Una de las más repetidas es la del espectro del último duque de Osuna, Mariano Téllez-Girón. Según la tradición popular, tras dilapidar gran parte de la fortuna familiar y precipitar el declive del linaje, su espíritu vaga por los caminos del parque al caer la tarde. Hay quien asegura haber percibido una figura solitaria junto al estanque, o entre los árboles cuando el jardín está a punto de cerrar y el silencio se vuelve casi tangible. No hay pruebas, claro está, pero la leyenda persiste, alimentada por ese aire melancólico que envuelve el lugar.

Más inquietante aún es la historia del ermitaño. En uno de los rincones del parque se levanta una pequeña ermita que, en tiempos de los duques, estuvo habitada por un hombre real. La tradición cuenta que fue acogido allí con la condición de llevar vida retirada, sin cortarse el pelo ni las uñas, como parte de una suerte de representación romántica muy propia de la época. Rezaba por los señores del palacio y vivía apartado del mundo. Cuando murió, fue enterrado en el propio jardín. Desde entonces, algunos visitantes dicen sentir una presencia discreta alrededor de la ermita, como si aquel hombre solitario siguiera custodiando su rincón.

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Las leyendas no se limitan a nombres concretos. Hay quienes hablan de sombras que parecen cruzar los senderos sin dueño, de pasos que resuenan cuando no hay nadie más en los caminos o de una sensación de ser observado en determinadas zonas del parque. El programa Madrid Directo llegó a recoger testimonios y a explorar los supuestos enigmas del jardín, contribuyendo a reforzar su fama de lugar cargado de historias inexplicables.

No es difícil entender por qué El Capricho se presta a este tipo de relatos. A diferencia de otros parques urbanos, aquí el bullicio desaparece. Los árboles centenarios filtran la luz, los senderos serpentean sin mostrar siempre lo que hay más allá y los edificios aparecen casi de improviso, como escenarios detenidos en el tiempo. Incluso su pasado bélico —con la construcción de un búnker durante la Guerra Civil— añade una capa más de memoria y silencio a un espacio ya de por sí evocador.

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¿Hay fantasmas realmente en El Capricho? Probablemente no en el sentido literal. Pero sí hay algo intangible que permanece: la huella de quienes lo habitaron, las historias transmitidas de generación en generación y esa atmósfera romántica que convierte cualquier paseo en una experiencia casi literaria. Al caer la tarde, cuando el parque está a punto de cerrar y el viento agita suavemente las hojas, no resulta difícil comprender cómo nacen las leyendas.

Tal vez los fantasmas del Parque del Capricho no sean más que el eco del pasado. O tal vez, si uno pasea con la suficiente atención, descubra que algunos lugares guardan recuerdos que se resisten a desaparecer.


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