En pleno distrito de Chamberí, ocupando una manzana entera entre las calles Raimundo Fernández Villaverde, Maudes, Alenza y Treviño, se alza uno de los edificios más imponentes y, al mismo tiempo, menos conocidos del patrimonio madrileño: el Hospital de Maudes. Su silueta rotunda de piedra, su aire casi monástico y su potente presencia urbana hacen que resulte imposible pasar por delante sin preguntarse por su historia.
El edificio nació con un claro propósito social. A comienzos del siglo XX, Madrid crecía a gran velocidad y con él aumentaban también las desigualdades. Miles de jornaleros trabajaban en condiciones precarias y carecían de cualquier tipo de asistencia médica. Fue entonces cuando la filántropa Dolores Romero Arano, viuda de Curiel, decidió destinar su fortuna a la construcción de un hospital gratuito para estos trabajadores. Así surgió el Hospital de Jornaleros de San Francisco de Paula, nombre oficial del conjunto, aunque pronto sería conocido popularmente como Hospital de Maudes, por la calle que lo bordea.

El proyecto fue encargado a Antonio Palacios y Joaquín Otamendi, dos arquitectos que marcarían de manera decisiva la imagen del Madrid moderno. Las obras comenzaron en 1909 y se prolongaron hasta 1916, año en el que el hospital fue inaugurado oficialmente. Desde el primer momento, el edificio se concibió como algo más que un centro sanitario: debía ser funcional, higiénico y moderno, pero también monumental, digno y representativo.
La solución arquitectónica que idearon Palacios y Otamendi es tan original como eficaz. El hospital se organiza en torno a un gran patio central de planta octogonal del que parten los distintos pabellones. Esta disposición permitía una excelente ventilación cruzada y una abundante entrada de luz natural, aspectos fundamentales en la arquitectura hospitalaria de la época, cuando el aire y el sol eran considerados elementos terapéuticos. Todo el conjunto se construyó en piedra caliza, con un tratamiento sobrio y casi austero, reforzado por detalles cerámicos diseñados por Daniel Zuloaga, que aportan textura y personalidad al edificio.

Uno de los elementos más singulares del complejo es su capilla, integrada en el conjunto pero con entidad propia. Hoy es la parroquia de Santa María del Silencio, un templo muy especial dedicado principalmente a la comunidad sorda y sordociega, lo que prolonga, de alguna manera, la vocación social con la que nació el hospital hace más de un siglo.
A lo largo de su historia, el Hospital de Maudes ha vivido numerosas transformaciones. Durante la Guerra Civil fue utilizado como hospital de sangre para atender a los heridos del conflicto, y tras la contienda pasó a desempeñar funciones de hospital militar. En los años sesenta quedó abandonado, iniciando una etapa de deterioro que amenazó seriamente su conservación. Durante décadas, este coloso de piedra permaneció casi olvidado, a pesar de su enorme valor arquitectónico.

La situación cambió en los años ochenta, cuando la Comunidad de Madrid adquirió el edificio y puso en marcha un ambicioso proyecto de rehabilitación dirigido por el arquitecto Andrés Perea. El objetivo era recuperar el hospital y adaptarlo a nuevos usos administrativos, respetando al máximo su estructura original. Gracias a esta intervención, el antiguo hospital se transformó en sede institucional, albergando hoy diversas consejerías del Gobierno regional.
En 1979 el edificio ya había sido declarado Monumento Histórico-Artístico, reconocimiento que consolidó su protección patrimonial y subrayó su importancia dentro de la arquitectura madrileña del siglo XX. Años más tarde, nuevas intervenciones permitieron restaurar fachadas y muros perimetrales, devolviendo al conjunto gran parte de su esplendor original.
Hoy, el Hospital de Maudes es un magnífico ejemplo de cómo la arquitectura puede conjugar belleza, funcionalidad y compromiso social. Aunque su uso actual sea administrativo, el edificio sigue hablando de una época en la que Madrid aspiraba a convertirse en una gran capital moderna sin olvidar a los más desfavorecidos. La obra de Antonio Palacios se manifiesta aquí con una fuerza serena, menos conocida que la del Palacio de Cibeles, pero igual de poderosa.
El Hospital de Maudes permanece así como una joya arquitectónica silenciosa, testigo de más de cien años de historia urbana, social y humana de Madrid, esperando a ser redescubierto por quienes recorren la ciudad con la mirada curiosa del verdadero gato madrileño.
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