En el paisaje urbano de Madrid hay edificios que se reconocen al instante. Algunos por su altura, otros por su historia, y unos pocos por su capacidad de parecer casi ajenos a la ciudad que los rodea. Torres Blancas pertenece a esta última categoría. Situado junto a la Avenida de América, este edificio de formas curvas y apariencia escultórica sigue sorprendiendo más de medio siglo después de su construcción, convertido en uno de los grandes iconos de la arquitectura contemporánea española.

El proyecto nació a comienzos de los años sesenta de la mano de Francisco Javier Sáenz de Oiza, uno de los arquitectos más influyentes del siglo XX en España. Madrid vivía entonces un momento de expansión y modernización, y el encargo promovido por el empresario Juan Huarte aspiraba a ir mucho más allá de un simple bloque de viviendas. Oiza concibió Torres Blancas como una auténtica investigación arquitectónica: un edificio en altura que rompiera con la lógica racional y repetitiva del rascacielos tradicional.
Pese a su nombre, Torres Blancas no son dos ni son blancas. Solo se levantó una torre y el color claro previsto inicialmente fue sustituido por el hormigón visto, que hoy define su carácter brutalista. Sin embargo, lejos de la dureza habitual de este estilo, Oiza apostó por un lenguaje orgánico, inspirado en la naturaleza. El edificio se desarrolla como si fuera un organismo vivo: un núcleo central actúa como tronco, del que emergen volúmenes cilíndricos que albergan las viviendas, a modo de ramas que se expanden en distintas direcciones.

Esta concepción se traduce en una silueta inconfundible. No hay fachadas planas ni líneas rectas dominantes. Los balcones curvos, las terrazas semicirculares y los huecos redondeados generan un juego constante de luces y sombras que cambia a lo largo del día. Torres Blancas no se contempla, se recorre con la mirada, como si se tratara de una gran escultura habitada.
Construido entre 1964 y 1969, el edificio alcanza unos 80 metros de altura y alberga viviendas de grandes dimensiones, concebidas originalmente como residencias de alto nivel. En su interior, las plantas no responden a esquemas rígidos, sino que se adaptan a la geometría curva del conjunto, ofreciendo espacios singulares y terrazas amplias que conectan la vida doméstica con el exterior. En la parte superior, una piscina serpenteante corona el edificio, reforzando esa idea de arquitectura pensada para ser vivida y disfrutada.

Con el paso del tiempo, Torres Blancas se ha convertido también en un escenario cultural. Su estética única ha atraído a fotógrafos, cineastas y creativos, y ha sido utilizada como localización para rodajes de películas, anuncios y videoclips. Esta presencia constante en el imaginario visual contemporáneo ha contribuido a renovar su vigencia y a acercar el edificio a nuevas generaciones.
Más allá de su impacto visual, Torres Blancas representa un momento clave de la arquitectura española, cuando algunos arquitectos se atrevieron a experimentar y a dialogar con las corrientes internacionales desde una mirada propia. La obra de Oiza desafió los límites técnicos y conceptuales de su tiempo y anticipó debates que hoy siguen abiertos, como la relación entre arquitectura, naturaleza y calidad de vida en la ciudad.

Aunque no siempre ha gozado del reconocimiento institucional que merece, Torres Blancas es hoy una referencia indiscutible del patrimonio moderno de Madrid. Un edificio que demuestra que la arquitectura puede ser radical, poética y funcional al mismo tiempo. Y que, incluso en una ciudad en constante cambio, hay obras capaces de resistir al tiempo sin perder su capacidad de asombro.
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