Unos años antes de la Guerra Civil española, se inauguró el Cabaret Satán en pleno centro de Madrid. Este lugar desataría las iras de católicos y radicales de la época. Su decoración imitaba el averno, organizaba fiestas «infernales», el poeta Pablo Neruda era uno de sus habituales y se convirtió en el más polémico y tumultuoso de los locales nocturnos. El franquismo obligó a cambiar su nombre, conservando solamente las dos últimas letras de su luminoso: ahora se llamaría «Tarzán»

Las destrucciones y violencia política estaban al orden del día. Algunas iglesias habían ardido y el pánico de monárquicos, conservadores y los abiertamente profascistas era generalizado. La sensación que se vivía en la capital era de conflicto y choque.

Para los sectores ultracatólicos, comunistas y anarquistas eran agentes del Mal movidos por ideas satánicas. Y ahora, además, contaban con un templo a unos minutos de la Puerta del Sol, en la calle de Atocha «¡A lo que hemos llegado!, bramaba en septiembre de 1934 El Siglo Futuro, periódico ultracatólico y antisemita. Unos meses después, en mayo de 1935, el horror del periódico no había disminuido. Todo lo contrario. El jazz, los ritmos afrocubanos o las variedades eran, por supuesto, impuros, formas de arte degenerado: «Es natural. A una música de selva, a un baile de epilépticos, a una música perversa y canalla; unas contorsiones de… “cabaret” Satán», añadía.

La ciudad tenía muchos lugares similares pero pocos como el polémico y espectacular Cabaret Satán, situado en el número 60 de la calle de Atocha y anunciado con grandes letras de neón. Nunca cielo e infierno estuvieron tan cerca: se encontraba pared con pared con la Iglesia de El Salvador y San Nicolás. Los católicos entraron en cólera.

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Nada más entrar, la decoración simulaba regiones infernales. Estalactitas, cuevas y el escenario, a cada lado, tenía una decoración de fuegos, como si los músicos estuvieran actuando en el averno. Justo cuando el periódico ultra denunciaba «orgías selváticas» en el local, sus dueños anunciaban «grandes bailes de señoritas taxis», en realidad chicas de compañía, no necesariamente prostitutas, que se ofrecían para acompañar la noche a los clientes y que eran grandes bailarinas.

Aunque figuraba con la dirección del número 60 de Atocha, su entrada era por el Pasaje Doré. Años antes, en 1920, existía un circo hipódromo de verano en esa misma dirección, por lo que contaba con muchos metros cuadrados. Unos años antes había acogido al Edén-Cinema, que se levantaba sobre el solar del antiguo Hospital de San Juan y que, junto al cine al aire libre, llegó a contar con un falso y enorme jardín en su interior. No solamente proyectaba, sino que ofrecía espectáculos de variedades, como hacían muchos cines de la capital y también organizó mítines multitudinarios de socialistas, como el de los mismísimos Largo Caballero o Pablo Iglesias.

Posteriormente, el cine Doré usó su espacio para proyectar. El famoso cine solo contaba con una sala. Su actual parte de atrás, actualmente con entrada por el Pasaje Doré para el cine de verano, era donde se ubicaría el Cabaret Satán, aunque antes pasó por distintas manos. Luego se convirtió en el Grand Café Atocha. Cuando fue hipódromo urbano, actuaban y hacían toda clase de filigranas acróbatas, saltadores, equilibristas, pero también comediantes, malabaristas, y hasta una veintena de caballos amaestrados.

El dueño del Cabaret Satán era el empresario Faustino García, pero el encargado de la programación y quien propuso la idea del lugar fue el pintor cubano-chileno Mario Carreño. Un poco antes de su aventura «satánica», en mayo de 1933, dejó Cuba, donde ilustraba para el Diario de la Marina, y viajó a Europa. Fue entonces cuando posiblemente conoció los legendarios antros parisienses «infernales», como el infame e igualmente célebre Cabaret de la Nada, fundado en 1892 por un ilusionista llamado Antonin Dorville, que a su vez mantenía amistad con Georges Méliès, o el Cabaret de la Muerte de París, una de las joyas del antiguo Montmartre. En Barcelona, desde hacía una década, existía el Cabaret de la Muerte, donde al igual que en el de París, se debía bajar al subsuelo, descendiendo unos metros para entrar en una especie de grutas donde comenzaba el show. Carreño, amante de la noche, las mujeres y los excesos, cuando se instaló en Madrid para continuar sus estudios de artes gráficas en la prestigiosa Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, decidió lanzarse a imitar lo que había visto en París.

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El Cabaret Satán se inauguró el 11 de agosto de 1934. La Libertad, en su edición del 11 de diciembre de 1934, nos cuenta un percance durante una de sus veladas: «En un cabaret. Herido por imprudencia. El teniente de Asalto de guarnición en Barcelona D. Francisco Quintana Escobar tuvo el domingo, por la noche, la ocurrencia de pasar un rato en un cabaret establecido en la calle de Atocha, 60. Una tanguista llamada Nieves Fernández Álvarez, de diecinueve años, que con él alternaba, le pidió lumbre para encender un cigarrillo, y entre bromas el oficial sacó de uno de los bolsillos un encendedor y una pistola del calibre 6,35 y entregó ambas cosas a Nieves. La muchacha creyó que la pistola era también un encendedor de nuevo modelo y apretó el gatillo, con tan mala fortuna que el proyectil fue a alcanzar al camarero Julio Domínguez, de treinta y siete años, produciéndole una herida en el cuello, que fue calificada de leve por los médicos de guardia de la casa de socorro del distrito del Hospital que le asistieron».

Cada noche, a las 23:15, se retransmitía en directo a través de la radio las orquestas que actuaban en el cabaret, donde solía acudir una asociación estudiantil llamada Kryssa, que organizaba bailes y mascaradas y las noches acababan en el delirio absoluto. Allí, entre otras, triunfó Rosita Marín, cantante de cuplé y reina de la «frivolidad», vestida con una capa y unos cuernos como si fuese Madame Satán..

Uno de sus clientes habituales era Pablo Neruda, amigo íntimo de Carreño. El poeta, junto a sus amigos, tras visitar los cafés franceses, como La Ballena Alegre o el Lyon, se dirigían al Cabaret Satán, «un lugar increíble donde se efectuaban Fiestas Infernales –cuenta Fernando Saez, director ejecutivo de la Fundación Pablo Neruda en una biografía del escritor– y donde corría el champan Monserra, la manzanilla La Gaita, la sidra Sarracina. La orquesta de Lecuona, compuesta por amigos del músico, bajo la dirección del maestro Ríos, instalada en un escenario que asemejaba al infierno interpretaba ritmos afrocubanos mientras  muchachas semidesnudas se entregaban a la Danza de la Cocaína y la “Tetas de Arena”, bailarina insigne, organizaba concursos de baile con los parroquianos enfervorizados».

Fueron los comunistas quienes «liquidaron» a Satán. En el local, el Partido Comunista instaló una academia militar. Los fascistas estaban a las puertas de Madrid. Muchos cabarets fueron confiscados; el arte «frívolo», a los ojos de muchos milicianos, era reaccionario.

La Guerra Civil y aquel Madrid asediado hicieron que Carreño abandonase nuestro país, pasando por México y posteriormente Cuba.

Tras la contienda bélica, con el nuevo régimen aplicando mano dura contra toda clase de desmanes y libertades nocturnas, un sitio como aquel era impensable. La ciudad se recuperaba poco a poco de los bombardeos y la ruina. Comenzaba la terrible posguerra. La noche madrileña, para algunos interminable, languidecía. Satán, obligado por las autoridades, decidió cambiar de aspecto. Ahora se llamaría Tarzán: el cabaret Tarzán. Aún así conservó el letrero de neón, aunque malamente: solo la palabra «Cabaret» y las dos últimas letras de «Satán». En 1944 ya estaba abierto de nuevo y ofrecía conciertos de orquestas como Los Tigres o Eros y la cantante Conchita Muñoz.

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Algunos de sus clientes habituales eran los jovencísimos escritores Juan Benet y Luis Martín-Santos, que en El amanecer podrido, cuentan cómo era el antiguo templo de Satán a finales de los cuarenta: «Había dos clases de locales para bailar: los golfos y no golfos. Entre los golfos merecen destacarse Pasapoga, Casablanca, J’Hay, Congra y, sobre todo, el Tarzán, el más golfo de todos, que había trocado su nombre de antes de la guerra, Satán, por este otro dictado por la pubindez eclesiástica y que le permitía salvar las dos últimas letras del neón y conservar su terrible decoración de grutas y estalactitas capitosamente iluminadas por opalinas luces rojas y moradas.

Años más tarde, Carreño, nacionalizado chileno, recordó los años del «templo satánico» con nostalgia e hizo la crónica de la primera noche, la del 11 de agosto de 1934, cuando Satán abrió su templo en la capital: «Yo tuve un cabaret en España. En la escenografía que creamos, la orquesta tocaba como en el interior de una hoguera y, en la inauguración, al artista que hablaba le dio por subirse a las columnas, por cierto muy altas. Me tuvieron que venir a bajar los bomberos, igual que a los gatos en las películas norteamericanas. Tanta mujer hermosa y alcohol a uno le hace hacer cosas increíbles, sí, increíbles. Le zumba el mango, chico».


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