En el número 15 de la por aquel entonces avenida de Pi y Margall con vuelta a la calle de la Abada, se levantó el que sería el segundo cine de la Gran Vía: el Avenida. Proyectado por el arquitecto José Miguel de la Cuadra-Salcedo Arrieta-Mascarua, el Avenida nació como teatro para lo cual el local estaba perfectamente dotado.

Se levantó en cuatro alturas y en sus fachadas se usó un estilo neobarroco del que destacaban las altas pilastras de granito estilo jónico que separaban los tres paños lisos donde se encontraban los huecos a los vestíbulos, adornados por vidrieras de la casa Maumejean. La planta superior formaba un alto friso del que nacía una amplia cornisa, rematando el edificio, todo ello pintado en un tono claro. Sobre la puerta de entrada del local en la Gran Vía y las taquillas de la calle de la Abada se construyó una ancha marquesina para proteger a los espectadores que esperaban en las puertas. En la parte superior y coronando el edificio se colocaron los anuncios donde se podía leer claramente Teatro Avenida. Si el exterior era realmente elegante, el interior no se quedaba atrás.

Dando la bienvenida, un primer vestíbulo donde se instalaron las taquillas; traspasando este, otro, donde dos hermosas escaleras, una a cada lado, nos demostraban la suntuosidad del local. Para su construcción se utilizó mármol blanco, al igual que en las paredes que en este caso se habían adornado en color verde y marrón. Merecía mención aparte el segundo vestíbulo, de doble altura, en el que destacaban especialmente varias columnas que ascendían hasta la planta de entresuelo realizadas en mármol blanco.
Los altos techos estaban adornados con lámparas de araña de cristal y bronce, que lucían aún mucho más al reflejarse en los grandes espejos que cubrían alguna de las paredes.

Bajo una de las escaleras se instaló el guardarropa, la contaduría y las taquillas, y al otro lado una escalera con acceso directo desde la calle que conectaba con la planta sótano donde se situó una sala de fiestas.

El acceso al patio de butacas se realizaba a través de tres huecos, dos laterales y uno central que perfectamente distribuían a los espectadores en la sala. Para el desalojo contaba con cinco salidas de emergencia a la calle de la Abada. Las paredes estaban decoradas con mucha elegancia, frisos de madera y ricas telas en la platea, además de columnas y adornos de escayola en las plantas superiores. Todas las butacas eran iguales y no había distinción entre el patio o el entresuelo; fueron construidas con terciopelo rojo y estructura de madera ofreciendo un confort inigualable.

La iluminación se realizaba mediante lámparas de incandescencia distribuidas por todos los rincones y, por otro lado, desde la gran lámpara de araña de cristal instalada en el centro del techo.
En un principio el local contaba con un pequeño escenario para representaciones teatrales con entrada y accesos directos desde la calle de la Abada, pero al tener este poca profundidad se realizó en 1932 una reforma en la que se desplazó la embocadura unos metros para ganar aún más espacio escénico.

La planta de entresuelo, hasta donde nos ascendían las dos escaleras anteriormente mencionadas, servía además de acceso a la parte baja de las localidades y palcos, de balcón al vestíbulo principal, rematado con una maravillosa balaustrada de mármol blanco al igual que la de las escaleras.

En esta planta se habían instalado también aseos para señoras y caballeros y en la parte central tras la fachada principal se colocó la barra de bar para servicio de cafetería. La luz que entraba en esta sala estaba filtrada por las hermosísimas vidrieras de colores que proporcionaban un toque de color sin igual al espacio. El resto de plantas y vestíbulos se decoraron con más sencillez, y simplemente servían de acceso y desalojo a las localidades más altas del entresuelo, dando a su vez paso a la cabina del operador y resto de servicios del personal.

La sala contaba con un aforo total de 1632 butacas el día de su inauguración, el 29 de febrero de 1928, tras prorrogarse en varias ocasiones, y para su programa inaugural se realizó el espectáculo Frivolidades y varietés nacionales y extranjeras con el siguiente elenco de estrellas nacionales: Conchita Piquer, Custodia Romero, Pastora Imperio, Pepe Medina y Esteso, entre otros grandes artistas internacionales.

El local fue inaugurado oficialmente como cinematógrafo el de septiembre de 1928 proyectando el film El ángel de la calle, de Frank Borzage.

En sus dos plantas de sótano nació una de las más populares salas de fiestas de la Gran Vía que perduró prácticamente durante todo el tiempo que el cine estuvo abierto. El nombre de la popular sala de fiestas music hall fue Pasapoga, que era la unión de las dos primeras letras del apellido de cada uno de sus cuatro propietarios: Patuel, Sánchez, Porres y García.

El local era espléndido, una verdadera obra de arte, estaba decorado con suntuosidad, contaba con cuatro pistas de baile y varias barras de bar instaladas en diversos puntos del local. Los paramentos estaban adornados con materiales nobles, mármol de diferentes colores y lámparas de gran lujo. La escalera principal órgano vertebrador del local, estaba construida en mármol blanco y daba entrada al local. En el centro se había instalado la pista principal que se podía ver desde el piso superior ya que se había construido al estilo de los teatros clásicos en forma de herradura, con balconcillos para poder disfrutar de la actuación. El techo de este pequeño teatro estaba decorado con una bóveda en la que resaltaba su gran lámpara central de cristal y un grupo de frescos copias de las más importantes obras del pintor Francisco de Goya. Estas pinturas se reprodujeron también sobre algunos de los paramentos verticales de la sala y aunque no eran copias de gran calidad daban un toque muy distinguido al local.

En este local actuaron grandes estrellas de la canción de carácter internacional como Antonio Machín o Frank Sinatra, sin desdeñar por supuesto a la flor y nata del panorama nacional. Funcionó continuadamente como sala de fiestas, music hall, cabaret y discoteca hasta su cierre en 2007 para no volver a abrir nunca más.

Por otro lado el cine seguía funcionando con normalidad, encontrandose con todo tipo de altibajos. En algunas ocasiones volvieron a pasar por su escenario grandes de la escena y la canción, corales, orquestas e incluso desfiles de modelos.

Sufrió varias reformas para irse adaptando a las nuevas y modernas proyecciones, e incorporando los más adelantados sistemas de sonido. Terminó teniendo 1576 butacas de aforo total y en su pantalla se proyectaban grandes estrenos.

En 1998 se acometió en él la más importante reforma, bajo un proyecto de los arquitectos Enrique López-Izquierdo Camino y Pía López-Izquierdo Botín con el que la gran sala de proyecciones se dividió en dos recintos más pequeños, uno con capacidad para 650 espectadores y otro con 800 localidades dedicado especialmente a teatro, el cual se había desatendido en el local, perdiendo por completo su fisonomía original, conservada tan solo en los vestíbulos de acceso.

Cuando la sala de fiestas Pasapoga ya llevaba cerrada unos años, llegó el final para el majestuoso Cine Avenida, y a pesar del descontento general, el edificio se transformó en una tienda de ropa, siendo vaciado por completo, dejando el edificio como una gran caja, en el que se construyó una nueva estructura donde se sitúa en la actualidad la tienda. Los accesos, vestíbulos y escalinatas se encuentran en su estado original conservado incluso detalles de un pasado no tan lejano como los carteles que nos dirigían a cada una de las salas de proyección.

Por otro lado la sala de fiestas, también pasó a formar parte del mismo complejo y en ella se realizó una importante reforma partiendo en dos plantas la antigua sala. En la actualidad tan solo sirve como tienda la parte superior y a pesar de todas las reformas sigue manteniendo la bóveda central y parte del artesonado de escayola de otra de las salas.

Las nuevas tendencias y la falta de afluencia a las grandes salas de la capital, obligaron a los propietarios del Cine Avenida a deshacerse de su negocio y destinarlo a nuevos usos. A pesar de todo aún podemos contemplar la fachada y vestíbulo principal. Patrimonio casi desaparecido.


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